Las cadenas del demonio (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

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Sale IRENE


IRENE: No cantéis; que no permite
esta necia pasión mía
que de su melancolía
nadie el mérito la quite.
LICANORO: No, señora, solicite
vuestra tristeza estorbar
lisonja tan singular
a quien de ella traído viene.
Mandad, bellísima Irene,
que otra vez vuelva a cantar
ese bellísimo encanto.
IRENE: Mucho extraño que haya a quien
suene la música bien,
pudiendo escuchar el llanto.
CEUSIS: Más extraño yo y me espanto
de veros con tal crueldad,
después que vuestra beldad
de su libertad gozó.
IRENE: Pues ¿quién os dijo que yo
gozo de mi libertad?
CEUSIS: El veros vivir, señora,
en palacio lo confiesa.
IRENE: ¿Y qué sabéis vos, si esa
también es prisión ahora?
LICANORO: ¿De qué suerte?
CEUSIS: ¿Cómo?
IRENE: ¡Flora!

Dentro FLORA


FLORA: ¿Qué mandas?
IRENE: Vuelve a cantar.--
Así pretendo atajar
vuestra plática, porqué
no pidáis que razón dé
de razón que no he de dar.

Cantan


MÚSICOS: "Sin mí, sin vos y sin Dios,
triste y confuso me veo;
sin Dios, por lo que os deseo,
sin mí, porque estoy en vos,
sin vos, porque no os poseo."

LICANORO: Bien letra y tono parece
que compuso mi dolor,
viendo que el alma padece
un nuevo incendio de amor,
que nunca a ser mayor crece.
Su objeto somos los dos,
y aun Dios, pues al irme a hallar,
sin mí me hallo, y no con vos;
con que me vengo a quedar
sin mí, sin vos y sin Dios.
CEUSIS: Yo del imán soberano
de vuestros divinos ojos
contento estoy, aunque en vano
intento que los enojos
de mi dios vengue mi mano.
Si ir tras su ofensa deseo,
mi muerte en mi ausencia veo,
y entre los discursos varios
de dos afectos contrarios,

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