Las cadenas del demonio (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

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intentáis, para que sea
en mejor lid, solicito
daros a entender la queja
que de los dos he tenido,
el valor de que me ofendo
y el amor de que me obligo.
Usa el gran dios de Astarot
con los dos de sus prodigios,
póneme a mí en libertad,
interrumpe el sacrificio
un hombre que al templo llega,
extranjero advenedizo,
abortado de esos mares,
y engendrado de esos riscos.
Enmudece nuestro dios,
publica el nombre de Cristo,
desaparece en el viento
y, usando de sus hechizos,
aunque le buscan en montes
y en ciudades los ministros
de mi padre, no le hallan;
y para mortal castigo,
enojado nuestro dios,
nos niega sus vaticinios.
Y cuando yo con tan grandes
penas me ahogo y me aflijo
con más causa, porque el dios
de Astarot es dueño mío,
después que le consagré
alma y vida en sacrificio,
antes de vengar su ofensa,
tan necios o inadvertidos
venís a decirme amores,
sin advertir cuánto ha sido
indigno de mi fineza
quien no es de mi pena digno.
[Mía] es la ofensa del dios
de Astarot; a mí me hizo
aquel asombro el ultraje,
el desaire aquel prodigio.
Pues ¿cómo, cómo queréis
que yo os premie, cuando os miro
tan desairados a vista
de los sentimientos míos?
Y si ostentar pretendéis
las altiveces, los bríos,
rendimientos y finezas,
idos de mi vista, idos;
y ninguno vuelva a ella
sin traerme algún indicio;
que a aquél que me le trajere
a favorecer me obligo
con la vida y con el alma,
que es ofrecerle lo mismo
que desagravio, supuesto
que por suyas las estimo.
CEUSIS: ¿Eso ofreces?
IRENE: Esto ofrezco.
LICANORO: ¿Eso dices?
IRENE: Esto digo.
CEUSIS: Pues yo le traeré a tus plantas,
si sé por varios caminos
pisar montes, sulcar mares,
desde donde ese Narciso

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