Las cadenas del demonio (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

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REY: ¿No hablas, Licanoro?
LICANORO: No
quisiera, por excusar
lo que le he de preguntar.--
Cristo ¿quién es?
LIRÓN: ¿Qué sé yo?
SACERDOTE: ¿Dónde está, gran señor, di,
que mis ojos no lo ven,
el extranjero con quien
arguir nos mandas?

Sale San BARTOLOMÉ


BARTOLOMÉ: Aquí;
que quien lidia voluntario
por su Dios no ha de hüir,
hasta vencer o morir,
la cara de su contrario.
REY: Mira qué poco sirvió
aquella prisión de fuego,
pues habló la estatua luego.
LIRÓN: (Gracias a por quien habró; Aparte
que a fe que se las debéis.
¿Qué va que vienen los palos
primero que los regalos?)
REY: Ea, ya empezar podéis.

SACERDOTE: Manda, señor, que la opinión asiente,
porque con fundamento se argumente.
BARTOLOMÉ: Yo defiendo que un Dios...

Sale CEUSIS


CEUSIS: Antes que empiece
la cuestión, si mi celo lo merece,
y das licencia, gran señor, te pido
que me escuches.
REY: ¿Qué traes? ¿Qué ha sucedido?
CEUSIS: En busca de esta fiera
que escandalosa toda el Asia altera,
penetraba los montes
que dividen al sol en horizontes,
cuando en lo más oculto
de las entrañas de un peñasco inculto
que, entreabierta la boca,
haciendo labios de una y otra roca,
parece, con pereza,
que el monte melancólico bosteza,
vi una mujer, si pudo
del traje lo vestido o lo desnudo
darme de serlo señas;
porque más parecía entre las peñas
bulto que inanimado
el acaso sin arte había formado;
cuya duda creyera,
si con humana voz no me dijera,
que aun ahora me aflige...

Sale el DEMONIO en traje de mujer


DEMONIO: Aguarda; yo diré lo que te dije.
"Gallardo joven, engañado vienes
a buscar lo que ya en tu corte tienes;
pues ese monstruo humano
que de su nuevo dios intenta en vano

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