Las cadenas del demonio (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

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humilde a tus pies estoy.
REY: Alza del suelo, a mis brazos
llega, y oye la razón
que a llamarte me ha movido.
BARTOLOMÉ: Para que sepas que estoy
capaz de ella, ¿quieres tú
que a ti te la diga yo?
REY: ¿Cómo puedes tú saber
mi oculta imaginación?
BARTOLOMÉ: Como esos favores debo
a la piedad de mi Dios.
REY: Di.
BARTOLOMÉ: Destruyendo las aras
de tu falsa adoración,
cayó en tierra hecho pedazos
el ídolo de Astarot.
Alborotóse tu pueblo
y, con despecho y furor,
como si tuvieran culpa,
los sacerdotes hirió
de tu templo, cuyo estrago
pasara a incendio mayor,
si Irene, tu hija, tomando
de los ídolos la acción,
no se pusiera delante,
cuyo respeto y temor
bastó a parar el tumulto,
pero a deshacerle no.
Ceusis, siguiendo de aquella
parcialidad el error,
en defensa de sus dioses,
al lado de Irene, dio
aliento a sus cobardías,
al tiempo que con mejor
acuerdo iba Licanoro
publicando al nuevo Dios.
Encontráronse los bandos.
¿Quién nunca hasta entonces vio
que a la vista de su rey
batalla se diese atroz,
donde era fuerza que fuese
con equívoca facción
el vencedor el vencido,
y el vencido el vencedor?
Irene, en medio de todos,
era el rayo, era el furor
de sus iras, cuando, al tiempo
que ya uno y otro escuadrón
se embestían, los detuvo
lo tremendo de su voz.
"¡Ay infelice de mí!"
dijo, y rendida cayó
en la tierra, cuyo pasmo,
cuyo asombro, cuyo horror
suspenso dejó al amago
y absorta a la ejecución;
en cuya neutralidad
se ha conservado hasta hoy.
Retiráronla, y apenas
volvió en sí, cuando volvió
tan furiosa que no hay
lazo, cadena, prisión
que no rompa y despedace,
y con despecho y furor
delirios son cuantos dice,
locuras cuanto hace son.
Tú, viendo tu reino todo

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