Las cadenas del demonio (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

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en tan mísera aflicción,
tus dos sobrinos opuestos,
y loca Irene, estás hoy,
no sin causa, persuadido
a que ya el cielo cumplió
del hado las amenazas,
que fueron de su opresión
causa, pues por ella ha sido
todo llanto y confusión,
todo ruinas, todo muertes,
todo asombro, todo horror.
Y así me enviaste a llamar,
pareciéndote que yo
puedo remediar a un tiempo
su desdicha y tu dolor.
REY: Es verdad; de ti no más,
según admirado estoy
de oír los prodigios tuyos,
fiar quiero de mi pasión
la esperanza, y por ponerte
en mayor obligación,
quiero que en mi reino seas
mi privanza desde hoy,
y que, siendo muy amigos,
con más paz, con más amor
y más blandura me enseñes
la doctrina de tu Dios.

Salen CEUSIS y LICANORO por dos lados


LICANORO: (Cielos, ¿qué es esto que oigo?) Aparte
CEUSIS: (¿Qué es lo que mirando estoy?) Aparte
LICANORO: (¿El rey le habla afable?) Aparte
CEUSIS: (¿El rey Aparte
le honra?)
LICANORO: (¡Qué dicha!) Aparte
CEUSIS: (¡Qué horror!) Aparte
REY: Y así, en tanto que da el tiempo
a esta plática ocasión,
quiero que en mi corte seas
y en mis reinos otro yo,
y en muestra de la verdad,
estas insignias que son
púrpura, corona y cetro,
te ofrezco. De ellas dispón
a tu arbitrio y, desnudando
la túnica que vistió
tu humildad, aquesta real
púrpura viste.
BARTOLOMÉ: Eso no.
Los apóstoles de Cristo,
los discípulos de Dios
no a medrar, no a enriquecer
peregrinamos, señor;
a sólo adquirir venimos
almas; ellas solas son
nuestro triunfo, nuestro aplauso,
nuestra fama y nuestro honor.
Y así, con aquesta humilde
ropa más honrado estoy
y más galán que estuviera
con la púrpura mejor;
porque sé que es toda ella
majestad y ostentación,
vanidad de vanidades;

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