Las cadenas del demonio (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

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qué vencimiento te ilustra
si peleas sin contrario
y sin enemigo luchas?
Atadas mis manos tienes
con el poder de que usa
Dios contigo; señal es
de cuánto temes mi furia.
Si no la temieras, no
te valieras de su justa
piedad; luego vence en ti,
no el valor, sino la industria.
Justifique Dios su causa
conmigo, y no me reduzca
a estrecha prisión, si hacer
pretende tu fama augusta.
Desate de mi garganta
este lazo que la anuda,
y entonces será victoria;
que, donde tuve mi suma
idolatría, sus aras
coloques y sostituyas.
Pero ¿qué voces ahora,
para más pena, se escuchan?

Dentro la MÚSICA. Cantan


MÚSICA: ¡Ay qué gran dicha!
Mas ¡ay qué ventura!
Que el iris divino
la paz nos anuncia.
DEMONIO: ¡Oh cuánto, cielos, oh cuánto
debéis de temer la lucha
última de los dos, pues
tanto--¡ay de mí!--lo rehusan
vuestras piedades! Si así
estoy, ¿qué mucho presuma
Bartolomé que hoy Armenia
a su nueva luz reduzca?
Desáteme Dios, verá
si son sus victorias muchas,
o alárgueme esta cadena,
si de verme vencer gusta.
Pero ¿qué miro? Parece
que a mi petición sus duras
argollas eslabonadas
se rompen, para que huya
de esta provincia, por más
que en ella la sombra impura
de mi error asiste, pues
ya el arco de paz la alumbra.
Y, pues Dios me da licencia
para que libre discurra,
yo haré que Bartolomé
no dilate más la suma
ley del Evangelio, dando
fin con la muerte que busca
a sus triunfos y victorias
con mis engaños y astucias.
Y, pues que ya en mi prisión
empezaron sus venturas,
en mi libertad comiencen
las persecuciones suyas.--

Vase. Sale por otra parte


¡Ah del ínclito seno
que tanta gente esconde,
víbora racional de mi veneno!
¿Todos me oyen y nadie me responde?

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