Las cadenas del demonio (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

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¿Cuándo no andas perdido
tú, infelice?
DEMONIO: Luego ¿hasme conocido?
BARTOLOMÉ: Sí; pues que vengo ahora a hacerte guerra
y arrojarte también de aquesta tierra.
DEMONIO: No harás; que ahora sin miedo
te tengo yo donde vencerte puedo.
BARTOLOMÉ: ¿Tú vencer? ¿De qué suerte?
DEMONIO: De esta suerte;
llegad todos, llegad a darle muerte;
porque a mí irme conviene
a repetir la posesión de Irene.

Vase


BARTOLOMÉ: Si la fe vive en ella,
yo acudiré en ausencia a defendella.

Salen CEUSIS, el SACERDOTE y gente


CEUSIS: A tus plantas rendido
un acaso me tuvo, y ha querido
desagraviar el cielo injurias tantas,
trayéndote a que estés puesto a mis plantas.
BARTOLOMÉ: Sí; mas es con alguna
diferencia ese trueco de fortuna;
que tu soberbia altiva
fue allí la que a mis plantas te derriba,
y aquí, para que más mi triunfo arguyas,
es humildad quien me arrojó a las tuyas.
CEUSIS: Venid donde serán los justos cielos
testigos de mi celo y de mis celos.
BARTOLOMÉ: De nada desconfío.
Beber tu caliz ofrecí, Dios mío,
el fuego del amor que el pecho labra;
feliz voy a cumplirte la palabra.

Vanse. Sale LICANORO


LICANORO: En notable soledad
Bartolomé nos dejó;
mas el ver que le ausentó
el celo, amor y piedad
de llevar su nueva ley
a mi patria hacer pudiera
que yo consuelo tuviera.
¡Oh si ya mi padre el rey
admitiese esta verdad!
Al punto escribirle iré
en favor suyo, porqué
no quiere mi voluntad
que yo me aleje de aquí
un punto, sin que primero
a Irene vea, a quien quiero
más que al alma que la di.

Córrese una cortina, y aparece IRENE en un
estrado dormida


Pero en su estrado dormida
está. ¡Ay, dulce hermoso dueño!

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