Las armas de la hermosura (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

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Numerosas huestes son
las que alistadas se asientan,
215 según supe, voluntarias;
porque (como dije) Astrea,
que adquirir de vengadora
de las mujeres intenta
el alto nombre, en persona
220 las conduce y las alienta
con tan gran jactancia, que
sus tremoladas banderas,
jeroglíficos del aire,
componen en cuatro letras
225 el vanaglorioso enigma
de ser su victoria cierta.
Una S, una P, una Q
y una R son, cuya empresa
descifrada decir quiere
230 (según todos la interpretan):
«Al Sabino Pueblo ¿Quién
Resistirá?» Y con tal priesa
a lento paso la marcha
disponen, que me fue fuerza,
235 según su vecina línea
confinante es de la nuestra,
por llegar antes, valerme

de toda la diligencia
que pude. Pero por más
240 que lo intenté, la sospecha
o nota de desmandado desobediente
me detuvo; y así llegan
a ser de mis voces ecos
sus cajas y sus trompetas,
245 cuando lejanos repiten
al viento, que se las lleva,
y al eco, que nos las trae:

Cajas y voces a lo lejos

VOCES (dentro): ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra!
VETURIA: (Bien temí que había de ser
250 segunda desdicha nuestra.)
AURELIO: Mira, con estas noticias,
si ha sido prevención cuerda
que otras trompetas y cajas
despertador tuyo sean,
255 y de cuantos hoy en Roma
divertidos no se acuerdan distraídos (con los placeres)
de aquellos primeros héroes,
que de apagadas pavesas restos de incendio que se convierten en
fueron incendio de Europa, ceniza
260 hasta coronarla reina
del orbe.

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