Las armas de la hermosura (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

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que ha de ser siempre en nosotras,
1270 si no hacéis lo que os pedimos,
el agasajo forzado,
poco seguro el cariño,
el favor poco constante,

el desabrimiento fijo, permanente la desavenencia
1275 triste y escabroso el lecho,
el gusto forzado y tibio,
con melindres la fineza,
el halago con retiros,
siempre el enojo rebelde,
1280 nunca seguro el alivio. ¿tal vez el alivio sexual?
Y cuando aquesto no baste,
monstruos somos vengativos.
Temed, pues, temed que el odio
quizá se pase a peligro;
1285 que en manos de las mujeres
también, con violentos bríos, anti-naturales
saben herir los puñales,
saben cortar los cuchillos.
Y cuando no, ser sus ojos,
1290 viendo el adagio cumplido,
de que las mujeres somos
milagros y basiliscos. animal legendario que mataba con la vista

Vase

CORIOLANO: Oye, espera.
FLAVIO Y AUR.: ¿Dónde vas?
CORIOLANO: Tras el imán que, atractivo
1295 móvil del alma, arrastrados fuerza motriz
lleva todos mis sentidos.
AURELIO: Si a efecto es de castigar
los oprobios que te ha dicho,
eso al Senado le toca.
1300 CORIOLANO: Tan contrario es el motivo,
que es a poner en sus sienes
el laurel que he merecido,
porque en ella, presentados
como propios mis servicios,
1305 en fe dellos, se derogue
tan escandaloso edicto.
FLAVIO: Nunca el Senado deroga
la ley que ya una vez hizo.
CORIOLANO: Pues derogaréla yo,
1310 publicando en otra a gritos
que obedecida no sea.
AURELIO: Hijo, mira...
CORIOLANO: Nada miro.
AURELIO: Que eso es perderte.
CORIOLANO: Perdida

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