A secreto agravio, secreta venganza (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

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-Mentís (dijo). Aquí no puedo
proseguir, porque la voz
muda, la lengua turbada,
frío el cuerpo, el corazón
palpitante, los sentidos
muertos y vivo el dolor,
quedan repitiendo aquella
afrenta. ¡ Oh tirano error
de los hombres! ¡Oh vil ley
del mundo! ¡Que una razón,
o que una sinrazón pueda
manchar el altivo honor
tantos años adquirido,
y que la antigua opinión
de honrado quede postrada
a lo fácil de una voz!
¡Que el honor, siendo un diamante,
pueda un frágil soplo (¡ay Dios!)
abrasarle y consumirle,
y que siendo su esplendor
más que el sol puro, un aliento
sirva de nube a este sol!
Mucho del caso me aparto,
llevado de la pasión.
Perdonad, vuelvo al suceso.
Apenas él pronunció
tales razones, don Lope,
cuando mi espada veloz
pasó de la vaina al pecho,
tal que a todos pareció
que imitaron trueno y rayo
juntas mi espada y su voz.
Bañado en su misma sangre,
muerto en la arena cayó,
cuando para mi defensa
tomé una iglesia, a quien dio
en aquel sitio lugar
la sagrada religión
de Francisco; que por ser
su padre el gobernador,
me fue forzoso esconderme
con tanto asombro y temor,
que tres días un sepulcro
habité vivo. ¿Quién vio
que siendo el contrario el muerto,
fuese el sepultado yo?
Al cabo de los tres días,
por amistad y favor,
el capitán de la nave
que a nuestro puerto llegó,
y que a Lisboa venía,
en ella me recibió
una noche, cuyo manto

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