No hay burlas con el amor (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

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conmigo vas, que aun apenas
alzas a verme la cara?
¿Qué es aquesto?
MOSCATEL: ¡Ay, Inés bella!
¡Ay, dulce hechizo del alma
qué de cuidados me cuestas!
INÉS: ¿Qué tienes?
MOSCATEL: Amor y honor.
Quiero y sirvo, y hoy es fuerza
entre mi dama y mi amo,
que no sirva o que no quiera.
INÉS: No entiendo tus disparates.
MOSCATEL: Pues yo haré que los entiendas.
Don Alonso, mi señor,
te vio, Inés, y a Dios pluguiera
que antes cegase, aunque yo
el mozo de ciego fuera.
Vióte, Inés, ¡ay Dios!, y al verte
fue precisa consecuencia
quererte; no tanto, Inés,
por tu infinita belleza,
como por su amor finito,
que eres, al fin, cara nueva.
Conmigo a decirte envía...
(Aquí se turba mi lengua,
aquí la voz se suspende,
y aquí los sentidos tiemblan).
Con más afectos, que cuando
Prado hizo al rey de Suecia
dice que si vas, Inés,
a verle, tendrás (¡qué pena!),
si es por la mañana, almuerzo,
si es por la tarde, merienda.
Bien veo que es la mayor
infamia y mayor bajeza
de un amante ser tercero
(¡un volcán soy, soy un Etna!)
de su dama; mas también
veo que es mayor afrenta
ser desleal a su dueño.
Y así, entre una y otra deuda,
amigo, amante y leal,
cumplo con que de mí sepas
que él te quiere, y yo lo lloro,
porque al fin, de esta manera,
tu amor digan y mis celos
tu alegría y mi tristeza.
INÉS: ¡Grosero, descortés, loco!
Detén esa aleve lengua,
que no sé, no sé que has visto
en mí para que te atrevas
a hablar con tal libertad
a una mujer de mis prendas.
Dile a tu amo, villano,
que soy quien soy, y no tenga
pretensiones para mí;
que de cualquiera manera
iré a servirle a su casa,

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