La Aventura de Charles Augustus Milverton (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Con esas cartas bastaría para romper el compromiso. Milverton enviará las cartas al conde, a menos que se le pague una fuerte suma de dinero. A mí se me ha encargado entrevistarme con él y llegar al mejor arreglo posible.
En aquel instante se oyó un traqueteo y ruido de cascos abajo en la calle. Me asomé a mirar y vi un lujoso carruaje tirado por un magnífico par de caballos, con brillantes faroles cuya luz se reflejaba en las lustrosas ancas de los nobles animales. Un lacayo abrió la puerta y un hombre bajo y corpulento, con un peludo abrigo de astracán, descendió del coche. Un minuto más tarde estaba en nuestra habitación.
Charles Augustus Milverton era un hombre de cincuenta años, de cabeza voluminosa con aire intelectual, cara redonda, regordeta y afeitada, perpetua sonrisa fría y dos ojos grises e inquisitivos, que brillaban intensamente a través de unas gruesas gafas con montura de oro. Había en su aspecto algo de la benevolencia de míster Pickwick, estropeada tan sólo por la insinceridad de la sonrisa fija v por el brillo metálico de aquellos ojos inquietos y penetrantes. Su voz era tan suave v untuosa como sus facciones cuando avanzó con una gordezuela mano extendida, murmurando lamentaciones por no habernos encontrado en casa en su primera visita.
Holmes hizo caso omiso de la mano extendida y le miró con rostro pétreo. La sonrisa de Milverton se ensanchó; se encogió de hombros, se quitó el abrigo, lo dobló con gran parsimonia sobre el respaldo de una silla v tomó asiento.
-Este caballero... -dijo, haciendo un gesto en dirección mía-. ¿Es discreto? ¿Es de confianza?
-El doctor Watson es mi amigo y mi socio.
-Muy bien, señor Holmes. Tan sólo protestaba en interés de su cliente. Se trata de una cuestión tan delicada...
-El doctor Watson ya está al corriente.
-Entonces, vayamos al grano. Dice usted que actúa en nombre de lady Eva. ¿Le ha autorizado ella a aceptar mis condiciones?
-¿Cuáles son sus condiciones?
-Siete mil libras.
-¿Y la alternativa?
-Querido señor, me resulta doloroso hablar de ello; pero si no me ha pagado esa cantidad el día catorce, puede estar seguro de que no habrá boda el dieciocho.
Su insufrible sonrisa se hizo más meliflua que nunca. Holmes reflexionó un momento.
-Me parece -dijo por fin- que da usted por seguras demasiadas cosas.

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