La Aventura de Charles Augustus Milverton (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Como es natural, conozco el contenido de esas cartas. Y, desde luego, mi cliente hará lo que yo la aconseje. Y yo la aconsejaré que se lo cuente todo a su futuro esposo y confíe en su generosidad.
-Milverton soltó una risita ahogada.
-Está claro que no conoce usted al conde -dijo.
La expresión de desconcierto que apareció en la cara de Holmes me demostró que sí lo conocía.
-¿Qué tienen de malo esas cartas? -preguntó.
-Son divertidas, muy divertidas -respondió Milverton-. La dama escribe unas cartas encantadoras. Pero puedo asegurarle que el conde de Dovercourt no sería capaz de apreciarlas en lo que valen. Sin embargo, puesto que usted opina lo contrario, dejémoslo estar. Es una simple cuestión de negocios. Si cree usted que lo que más conviene a los intereses de su cliente es poner esas cartas en manos del conde, no cabe duda de que sería una idiotez pagar una suma de dinero tan elevada por recuperarlas.
Se levantó y recogió su abrigo de astracán. Holmes se había puesto gris de rabia y humillación.
-Aguarde un momento -dijo-. Va usted demasiado deprisa. Desde luego, estaríamos dispuestos a hacer todo lo posible por evitar el escándalo en un asunto tan delicado.
Milverton volvió a dejarse caer en su asiento.
-Estaba seguro de que lo vería usted desde ese punto de vista -ronroneó.
-Pero, al mismo tiempo -continuó Holmes-, lady Eva no es una mujer rica. Le aseguro que un desembolso de dos mil libras agotaría sus recursos, y que la cifra que usted menciona está por completo fuera de sus posibilidades. Le ruego, pues, que modere sus exigencias y devuelva las cartas al precio que yo le indico, que le aseguro que es el más alto que podrá conseguir.
La sonrisa de Milverton se ensanchó aún más y sus ojos centellearon divertidos.
-Me consta que es cierto lo que usted dice acerca de los recursos de la dama -dijo-. Pero, al mismo tiempo, tiene usted que reconocer que la boda de una dama es ocasión muy propicia para que sus amigos y parientes hagan algún pequeño esfuerzo en su beneficio. Puede que aún no sepan qué regalo de bodas hacerle. Yo les aseguro que este pequeño fajo de cartas le proporcionará más alegría que todos los candelabros y mantequilleras de Londres.
-Es imposible -dijo Holmes.

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