La Aventura de Charles Augustus Milverton (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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He salido con ella todas las tardes y he hablado con ella. ¡Santo cielo, qué conversaciones! Sin embargo, he conseguido lo que quería. Ahora conozco la casa de Milverton como la palma de mi mano.
-¿Y la chica, qué, Holmes?
Él se encogió de hombros.
-No se puede evitar, querido Watson. Habiendo tanto en juego, hay que jugar las cartas lo mejor que se pueda. Sin embargo, me alegra decirle que tengo un odiado rival que se apresurará a quitarme la novia en cuanto yo le vuelva la espalda. ¡Qué noche tan maravillosa hace!
-¿Le gusta este tiempo?
-Viene muy bien para mis propósitos, Watson. Me propongo entrar a robar en casa de Milverton esta noche.
Me quedé en silencio y sentí un escalofrío al escuchar estas palabras, pronunciadas lentamente, en un tono de absoluta decisión. De la misma manera en que un relámpago en la noche nos permite ver en un instante todos los detalles de un extenso paisaje, a mí me pareció vislumbrar de golpe todas las posibles consecuencias de semejante acción: el descubrimiento, la detención, el final de una honrosa carrera en medio del fracaso y la vergüenza irreparables, mi amigo quedando a merced del odioso Milverton.
-¡Por amor de Dios, Holmes, piense en lo que hace! -exclamé.
-Querido amigo, lo he meditado muy a fondo. Yo jamás me precipito en mis acciones y no adoptaría un método tan drástico, y desde luego tan peligroso, si existiera otra posibilidad. Consideremos el asunto de manera clara e imparcial. Supongo que usted reconocerá que se trata de un acto moralmente justificable, aunque técnicamente delictivo. Lo único que pretendo al entrar en la casa es apoderarme de aquel cuaderno de bolsillo..., algo en lo que usted mismo estaba dispuesto a ayudarme.
Le di vueltas a la idea en la cabeza.
-Sí -dije-, es moralmente justificable, siempre que no nos propongamos robar más objetos que los que se utilizan con fines ilícitos.
-Exacto. Y puesto que es moralmente justificable, sólo tengo que considerar la cuestión del riesgo personal. Y un caballero no debe pensar mucho en eso cuando una dama necesita desesperadamente su ayuda, ¿no cree?
-Se colocará usted en una posición muy dudosa.
-Bueno, eso forma parte del riesgo. No existe otra manera posible de recuperar las cartas. La desdichada dama no dispone del dinero y no puede confiar en ninguno de sus allegados.

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