La Aventura de Charles Augustus Milverton (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Un instante después, había cerrado la puerta a nuestras espaldas y nos habíamos convertido en delincuentes a los ojos de la ley. El aire denso v caluroso del invernadero, cargado con la fuerte v sofocante fragancia de plantas exóticas, se pegó a nuestras gargantas. Holmes me tomó de la mano en la oscuridad y me guió con rapidez a lo largo de hileras de arbustos cuyas ramas nos rozaban la cara. Mi amigo poseía una notable facultad, laboriosamente cultivada, para ver en la oscuridad. Sin soltarme de la mano, abrió una puerta y tuve la confusa sensación de que habíamos entrado en una habitación espaciosa en la que poco tiempo antes se había fumado un cigarro. Holmes avanzó a tientas entre los muebles, abrió la puerta y la cerró a nuestras espaldas. Extendí la mano v palpé varios abrigos que colgaban de la pared, por lo que comprendí que estábamos en un pasillo. Avanzamos por él y Holmes abrió con mucho cuidado una puerta del lado derecho. Algo echó a correr hacia nosotros v casi se me sale el corazón por la boca, aunque estuve a punto de echarme a reír al darme cuenta de que se trataba del gato. En esta nueva habitación había una chimenea encendida, v también el ambiente estaba cargado de humo de tabaco. Holmes entró de puntillas, esperó a que yo pasara tras él y cerró la puerta con el mayor cuidado. Estábamos en el despacho de Milverton, v en el extremo más alejado había un cortinaje que indicaba la entrada a su dormitorio.
El fuego ardía bien, iluminando la habitación. Cerca de la puerta vi brillar un interruptor eléctrico, pero no hacía falta encender la luz ni hubiera sido prudente hacerlo. A un lado de la chimenea había una gruesa cortina que tapaba el ventanal que habíamos visto desde fuera. Al otro lado estaba la puerta que comunicaba con la terraza. En el centro de la habitación había un escritorio con un sillón giratorio de reluciente cuero rojo. Enfrente de él, una gran librería con un busto de mármol de la diosa Atenea encima. En el rincón que quedaba entre la librería v la pared había una gran caja fuerte de color verde, en cuyos tiradores de latón pulido se reflejaba la luz de la chimenea. Holmes cruzó con sigilo la habitación v contempló la caja. Luego se acercó con igual cautela a la entrada del dormitorio y escuchó atentamente con la cabeza ladeada.

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