La Aventura de Charles Augustus Milverton (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

Página 14 de 18

Milverton se había vuelto a sentar, con el cigarro todavía insolentemente colocado en la comisura de sus labios. Frente a él, iluminada de lleno por la luz eléctrica, había una mujer alta y delgada, vestida de oscuro, con un velo sobre el rostro y una capa que le cubría la barbilla. Respiraba entrecortadamente y su esbelta figura temblaba de emoción de pies a cabeza.
-Muy bien -dijo Milverton-. Me ha hecho usted perder unas buenas horas de sueño, querida. Espero que haya valido la pena. ¿No podía venir a otra hora, eh?
La mujer negó con la cabeza.
-Bien, si no se puede, no se puede. Y si la condesa la ha tratado mal, ahora tiene la oportunidad de desquitarse. Pero... Pobre muchacha! ¿Por qué tiembla de ese modo? ¡Vamos, serénese! Y ahora, vayamos al negocio -sacó una nota del cajón de su escritorio-. Dice usted que tiene cinco cartas que comprometen a la condesa D´Albert. Quiere usted venderlas. Yo quiero comprarlas. Hasta aquí todo va bien. Sólo falta fijar el precio. Como es natural, me gustaría ver antes las cartas. Si son buenas de verdad... ¡Cielo santo! ¡Es usted!
Sin decir una palabra, la mujer se había levantado el velo y dejado caer la capa que cubría su barbilla. El rostro que se enfrentaba a Milverton era moreno y atractivo, de facciones bien dibujadas, nariz aguileña, cejas marcadas y oscuras sobre unos ojos que brillaban con dureza, y una boca de labios finos y rectos, curvada en una sonrisa peligrosa.
-Sí, soy yo -dijo-. La mujer cuya vida ha destrozado.
Milverton se echó a reír, pero en su voz había una vibración de miedo.
-Ha sido usted tan obstinada -dijo-. ¿Por qué me obligó a llegar a tales extremos? Le aseguro que yo, por propia iniciativa, soy incapaz de hacer daño a una mosca, pero todo el mundo tiene su negocio y ¿qué podía yo hacer? Fijé un precio que estaba perfectamente dentro de sus posibilidades, y usted no quiso pagar.
-Así que envió las cartas a mi marido, y él, el caballero más noble que jamás ha existido, un hombre al que yo no era digna ni de atarle los zapatos, murió con el corazón destrozado. ¿Recuerda usted la última noche que pasé por esa puerta? Rogué y supliqué, pidiéndole compasión. Y usted se rió en mi cara, como pretende reírse ahora, sólo que ahora su corazón de cobarde no puede impedir que le tiemblen los labios.

Página 14 de 18
 

Paginas:


Compartir:




Diccionario: