La Aventura de Charles Augustus Milverton (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Sí, nunca pensó que volvería a verme por aquí, pero aquella noche aprendí la manera de llegar hasta usted para encontrármelo cara a cara y a solas. Bien, Charles Milverton, ¿qué tiene usted que decir?
-No piense que puede intimidarme -dijo él poniéndose en pie-. Sólo tengo que dar una voz para llamar a mis sirvientes y hacer que la detangan. Pero estoy dispuesto a disculpar su natural irritación. Salga de mi habitación por donde vino v no diré una palabra más.
La mujer siguió donde estaba, con la mano hundida en el pecho y la misma sonrisa mortal en sus finos labios.
-No volverá a destrozar más vidas como destrozó la mía. No torturará más corazones como ha torturado el mío. Voy a librar al mundo de un bicho venenoso. ¡Toma esto, perro, y esto! ¡Y esto, y esto, y esto!
Había sacado´ un pequeño y reluciente revólver y vació un cilindro tras otro en el cuerpo de Milverton, con el cañón a dos palmos escasos de la pechera de su camisa. El hombre retrocedió encogiéndose y luego cayó de cara sobre la mesa, tosiendo con fuerza y crispando las manos entre los papeles. Se volvió a levantar tambaleante, recibió otro tiro y cayó rodando al suelo.
-¡Me has matado! -gimió, y quedó inmóvil.
Nuestra intervención no habría podido, de ninguna manera, salvar a aquel hombre de su destino. Sin embargo, al ver cómo la mujer descargaba una bala tras otra en el cuerpo encogido de Milverton, yo había estado a punto de saltar, pero entones sentí la fría y fuerte mano de Holmes que me agarraba de la muñeca y comprendí todo lo que quería decir aquella presa firme y disuasoria: que aquello no era asunto nuestro; que se había hecho justicia con un canalla; que nosotros teníamos nuestra propia tarea y nuestros propios objetivos, y que no debíamos perderlos de vista. Apenas había acabado la mujer de salir de la habitación, cuando Holmes, de un par de zancadas rápidas y silenciosas, se plantó en la otra puerta e hizo girar la llave en la cerradura. En aquel mismo instante oímos voces en la casa y el sonido de pasos apresurados. Los disparos de revólver habían despertado a la servidumbre. Con absoluta tranquilidad, Holmes se dirigió a la caja, cogió todos los papeles de cartas que pudo abarcar con ambos brazos y los arrojó al fuego.

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