La Aventura de Charles Augustus Milverton (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Repitió la operación una y otra vez, hasta que la caja quedó vacía. Alguien estaba intentando girar el picaporte y golpeando la puerta por fuera. Holmes miró rápidamente a su alrededor. La carta que había servido como mensajera de la muerte para Milverton estaba sobre la mesa, toda salpicada de sangre. Holmes la arrojó también entre los papeles que ardían. Luego sacó la llave de la puerta exterior, salió por ella detrás de mí y la cerró por fuera.
-¡Por aquí, Watson! -dijo-. ¡Podemos escalar la tapia del jardín!
Jamás había creído que una alarma pudiera propagarse con tanta rapidez. Cuando miré hacia atrás, la enorme casa tenía todas las luces encendidas, la puerta principal estaba abierta y se veían figuras corriendo por el sendero de entrada. Todo el jardín estaba lleno de gente, y cuando nosotros salimos de la terraza un tipo gritó: «¡Aquí están!», y se lanzó en nuestra persecución, pisándonos los talones. Holmes parecía conocer a la perfección el terreno y se abrió camino con rapidez por entre una plantación de arbolitos, conmigo siguiéndole los pasos y nuestro perseguidor más adelantado resoplando detrás de nosotros. La tapia que nos cerraba el paso medía casi dos metros de altura, pero Holmes saltó por encima sin dificultad. Cuando yo intentaba hacer lo mismo, sentí que la mano del hombre que nos perseguía me agarraba del tobillo; me desembaracé de el a patadas y trepé como pude sobre el borde sembrado de cristales. Caí de cara entre unos arbustos, pero Holmes me hizo ponerme de pie al instante y echamos a correr juntos por el extenso brezal de Hampstead Heath. Creo que debimos correr unas dos millas antes de que Holmes se detuviera por fin y escuchara con atención. Detrás de nosotros el silencio era absoluto. Habíamos despistado a nuestros perseguidores y estábamos a salvo.

Acabábamos de desayunar y estábamos fumando nuestra pipa matutina del día siguiente al de la extraordinaria aventura que acabo de relatar cuando el señor Lestrade, de Scotland Yard, muy solemne y ceremonioso, se hizo anunciar en nuestro modesto cuarto de estar.
-Buenos días, señor Holmes -dijo-. Buenos días. ¿Puedo preguntarle si en estos momentos se encuentra muy ocupado?
-No tanto como para no poder escucharle.
-Se me ha ocurrido que, tal vez, si no tiene nada especial entre manos, no le importaría ayudarnos en un caso de lo más extraordinario que ha ocurrido esta misma noche en Hampstead.

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