La Aventura de Charles Augustus Milverton (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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-¡Caramba! -exclamó Holmes-. ¿Y de qué se trata?
-Un asesinato..., un asesinato de lo más dramático y misterioso. Ya sé lo mucho que le interesan estas cosas, y consideraría un gran favor que pasara por Appledore Towers para echarnos una mano con sus consejos. No se trata de un crimen vulgar. Hace bastante tiempo que le teníamos echado el ojo a ese señor Milverton, que, entre nosotros, era un pedazo de ca­nalla. Sabemos que guardaba documentos que utilizaba para hacer chantaje. Los asesinos han quemado todos estos papeles. No se han llevado nada de valor, y es bastante probable que los criminales fueran hombres de buena posición, cuyo único objeto era evitar el escándalo.
-¡Criminales! -exclamó Holmes-. ¿En plural?
-Sí, eran dos. Estuvieron a punto de cogerlos con las manos en la masa. Tenemos huellas de sus pisadas, tenemos sus descripciones...; le apuesto diez a uno a que los encontramos. El primero era demasiado rápido, pero el segundo fue alcanzado por el ayudante del jardinero y tuvo que forcejear para escaparse. Era un hombre de estatura media, complexión atlética, mandíbula cuadrada, cuello grande, bigote y un antifaz sobre los ojos.
-Eso es bastante inconcreto -dijo Sherlock Holmes-. ¡Si hasta podría ser una descripción de Watson!
-Es cierto -dijo el inspector muy divertido-. La descripción podría aplicarse a Watson.
-Bien, me temo que no puedo ayudarle, Lestrade -dijo Holmes-. La verdad es que yo ya conocía a ese Milverton, y lo consideraba uno de los hombres más peligrosos de Londres. Creo que existen ciertos crímenes que escapan al alcance de la ley y que, por tanto, justifican hasta cierto punto la venganza particular. No, no vale la pena discutir. Ya está decidido. Mis simpatías se inclinan más por los criminales que por la víctima y no pienso encargarme de este caso.
Holmes no había dicho una sola palabra acerca de la tragedia que habíamos presenciado, pero me fijé en que pasó toda la mañana muy pensativo y, con su mirada ausente y su comportamiento abstraído, daba la impresión de estar esforzándose por recordar algo. Estábamos a la mitad de la comida cuando, de pronto, se puso en pie de un salto.
-¡Por Júpiter, Watson! ¡Ya lo tengo! -exclamó-. ¡Coja su sombrero y venga conmigo!
Bajó a toda velocidad por Baker Street y luego dobló por Oxford Street hasta llegar casi a Regent Circus.

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