La aventura de la casa vacía (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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No llevaba ni cinco minutos en mi estudio cuando entró la doncella, diciendo que una persona deseaba verme. Cuál no sería mi sorpresa al ver que el visitante no era sino el extraño anciano coleccionista de libros, con su rostro afilado y marchito enmarcado por una masa de cabellos blancos, y sus preciosos volúmenes -por lo menos una docena encajados bajo el brazo derecho.
-Parece sorprendido de verme, señor -dijo con voz extraña v cascada. Reconocí que lo estaba. -Verá usted, yo soy hombre de conciencia, así que vine cojeando detrás de usted, y cuando le vi entrar en esta casa me dije: voy a pasar a saludar a este caballero tan amable y decirle que aunque me he mostrado un poco grosero no ha sido con mala intención, y que le agradezco mucho que haya recogido mis libros.
-Da usted demasiada importancia a una nadería -dije yo-. ¿Puedo preguntarle cómo sabía quién era yo?
-Bien, señor, si no es tomarme excesivas libertades, le diré que soy vecino suyo; encontrará usted mi pequeña librería en la esquina de Church Street, donde estaré encantado de recibirle, ya lo creo. A lo mejor es usted coleccionista, señor; aquí tengo Aves: de Inglaterra, el Catulo, La guerra santa..., auténticas gangas todos ellos. Con cinco volúmenes podría usted llenar ese hueco del segundo estante. Queda feo, ¿no le parece, señor?
Volví la cabeza para mirar la estantería que tenía detrás y cuando miré de nuevo hacia delante vi a Sherlock Holmes sonriéndome al otro lado de mi mesa. Me puse en pie, lo contemplé durante algunos segundos con el más absoluto asombro, y luego creo que me desmayé por primera y última vez en mi vida. Recuerdo que vi una niebla gris girando- ante mis ojos, y cuan(lo se despejó noté que me habían desabrochado el cuello y sentí en los labios un regusto picante a brandy. Holmes estaba inclinado sobre mi silla con una botellita en la mano.
-Querido Watson -dijo la voz inolvidable-. Le pido mil perdones. No podía sospechar que le afectaría tanto.
Yo le agarré del brazo v exclamé:
-¡Holmes! ¿Es usted de verdad? ¿Es posible que esté vivo? ¿Cómo se las arregló para salir de aquel espantoso abismo?
-Un momento -dijo él-. ¿Está seguro de encontrarse en condiciones de charlar? Mi aparición, innecesariamente dramática, parece haberle provocado un terrible sobresalto.

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