La aventura de la casa vacía (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Le aseguro, Watson, que no fue una escalada agradable. La catarata rugía debajo de mí. Soy propenso a imaginar cosas, pero le doy mi palabra que me parecía oír la voz d e Moriarty llamándome desde el abismo. El menor desliz habría resultado fatal. Más de una vez, cuando se desprendía el puñado de hierba al que me agarraba o mis pies resbalaban en las grietas húmedas de la roca, pensé que todo había terminado. Pero seguí trepando como pude, y por fin alcancé una cornisa de más de un metro de anchura, cubierta de musgo verde y suave, donde podía permanecer tendido cómodamente sin ser visto. Allí me encontraba, querido Watson, cuando usted y sus acompañantes investigaban, de la forma más conmovedora e ineficaz, las circunstancias de mi muerte.
Por fin, cuando todos ustedes hubieron sacado sus inevitables y completamente erróneas conclusiones, se marcharon al hotel y yo quedé solo. Pensaba que ya habían terminado mis aventuras, pero un hecho completamente inesperado me demostró que aún me aguardaban sorpresas. Un enorme peñasco cayó de lo alto, pasó rozándome, chocó contra el sendero v se precipitó en el abismo. Por un momento pensé que se tra­taba de un accidente, pero un instante después miré hacia arriba v vi la cabeza de un hombre recortada contra el cielo nocturno, mientras una segunda roca golpeaba la cornisa misma en la que yo me encontraba, a un palmo escaso de mi cabeza. Por supuesto, aquello sólo podía significar una cosa: Moriarty no había estado solo. Un cómplice -y me había bastado aquel fugaz vistazo para saber lo peligroso que era dicho cómplice había montado guardia mientras el profesor me atacaba. Desde lejos, sin que yo lo advirtiera, había sido testigo de la muerte de su amigo y de mi escapatoria. Había aguardado su momento y ahora, tras dar un rodeo hasta lo alto del precipicio, estaba intentando conseguir lo que su camarada no había logrado.
»No tuve mucho tiempo para pensar en ello, Watson. Volví a ver aquel siniestro rostro sobre el borde del precipicio y supe que anunciaba la caída de otra piedra. Me descolgué hasta el sendero. Creo que habría sido incapaz de hacerlo a sangre fría, porque bajar era cien veces más difícil que subir, pero no tuve tiempo de pensar en el peligro, pues otra roca pasó zumbando junto a mí mientras yo colgaba agarrado con las manos al borde de la cornisa.

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