La aventura de la casa vacía (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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La postura de la cabeza, la forma cuadrada de los hombros, las facciones afiladas, todo resultaba inconfundible. Tenía la cara medio ladeada, y el efecto era similar al de aquellas siluetas de cartulina negra que nuestros abuelos solían enmarcar. Se trataba de una imagen perfecta de Holmes. Tan asombrado me sentía que extendí la mano para asegurarme de que el original se encontraba a mi lado. Allí estaba, estremeciéndose de risa silenciosa.
-¿Qué tal? -preguntó.
-¡Cielo santo! -exclamé-. ¡Es maravilloso!
-Parece que ni los años han ajado ni la rutina ha viciado mi infinita variedad ­dijo Holmes, y se notaba en su voz la alegría y el orgullo del artista ante su creación-. Se parece bastante a mí, ¿no cree?
-Estaría dispuesto a jurar que es usted.
-El mérito de la ejecución debe atribuirse a monsieur Oscar Meunier, de Grenoble, que invirtió varios días en el modelado. Se trata de un busto de cera. El resto lo apañé yo esta tarde, durante mi visita a Baker Street.
-Pero ¿por qué?
-Porque, mi querido Watson, tenía toda clase de razones para desear que ciertas personas creyeran que yo estaba aquí, cuando en realidad me encontraba en otra parte.
-¿Sospecha usted que alguien vigilaba esta casa? -Sabía que la vigilaban.
-¿Quiénes?
-Mis antiguos enemigos, Watson. La encantadora organización cuyo jefe yace en la catarata de Reichenbach. Recuerde usted que ellos, y sólo ellos, saben que sigo vivo. Suponían que tarde o temprano regresaría a mis habitaciones, así que montaron una vigilancia permanente v esta mañana me vieron llegar.
-¿Cómo lo sabe?
-Porque reconocí a su centinela al mirar por la ventana. Se trata de un tipejo inofensivo, apellidado Parker, estrangulador de oficio y muy buen tocador de birimbao. Él no me preocupaba nada. Pero sí que me preocupaba, y mucho, el formidable personaje que tiene detrás, el amigo íntimo de Moriarty, el hombre que me arrojó las rocas en el desfiladero, el criminal más astuto y peligroso de Londres. Ese es el hombre que viene a por mí esta noche, Watson; pero lo que no sabe es que nosotros vamos a por él.
Poco a poco, los planes de mi amigo se iban revelando. Desde aquel cómodo escondite podíamos vigilar a los vigilantes y perseguir a los perseguidores. La silueta angulosa de la casa de enfrente era el cebo y nosotros éramos los cazadores.

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