La aventura de la casa vacía (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Esa es la acusación, Lestrade. Y ahora, Watson, si es usted capaz de soportar la corriente que se forma con una ventana rota, creo que le resultará muy entretenido y provechoso pasar media hora en mi estudio mientras fuma un cigarro.
Nuestras antiguas habitaciones se habían mantenido inalteradas gracias a la supervisión de Mycroft Holmes y a los servicios inmediatos de la señora Hudson. Es cierto que al entrar observé una pulcritud desacostumbrada, pero los viejos puntos de referencia seguían todos en su sitio. Allí estaba el rincón de química, con la mesa de madera manchada de ácido. Sobre un estante se veía la formidable hilera de álbumes de recortes y libros de consulta que tantos de nuestros conciudadanos habrían quemado con sumo placer. Los gráficos, el estuche de violín, el colgador de pipas..., hasta la babucha persa que contenía el tabaco..., todo me saltaba a la vista al mirar a mi alrededor. En la habitación había dos ocupantes: uno de ellos era la señora Hudson, que nos miró radiante al vernos entrar; el otro era el extraño maniquí que tan importante papel había desempeñado en las aventuras de aquella noche. Era un busto de mi amigo en cera de color, admirablemente ejecutado v con un parecido absoluto. Estaba colocado sobre una mesita que le servía de pedestal v envuelto en una vieja bata de Holmes, de manera que, visto desde la calle, la ilusión era perfecta.
-Confío en que tomaría usted todas las precauciones, señora Hudson -dijo Holmes.
-Me acerqué de rodillas, señor Holmes, tal como usted me dijo.
-Excelente. Lo ha hecho usted muy bien. ¿Se fijó en dónde fue a pegar la bala?
-Sí, señor. Me temo que ha estropeado su magnífico busto, porque le atravesó la cabeza y fue a aplastarse contra la pared. La recogí de la alfombra y aquí la tiene.
Holmes me la mostró.
-Una bala de revólver blanda, como puede ver, Watson. Una idea genial. ¿Quién iba a imaginar que se podía disparar esto con un fusil de aire comprimido? Muy bien, señora Hudson, le estoy agradecido por su cooperación. Y ahora, Watson, haga el favor de ocupar una vez más su antiguo asiento, ya que me gustaría discutir con usted varios detalles.
Se había despojado de la raída levita y era de nuevo el Holmes de los viejos tiempos, con el batín de color pardusco con que había vestido a su efigie.

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