La aventura de las gafas de oro (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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-Un momento -dijo Holmes-. ¿Adónde conduce este sendero?
-A la carretera.
-¿Qué longitud tiene?
-Unas cien yardas.
-Pero tuvo usted que encontrar huellas en el punto donde el sendero cruza la puerta exterior.
-Por desgracia, el sendero está pavimentado en ese punto.
-¿Y en la carretera misma?
-Nada. Estaba toda enfangada y pisoteada.
-Tch, tch. Bien, volvamos a esas pisadas en la hierba. ¿Iban o volvían?
-Imposible saberlo. No se advertía ningún contorno.
-¿Pie grande o pequeño?
-No se podía distinguir.
Holmes soltó una interjección de impaciencia.
-Desde entonces, no ha parado de llover a mares y ha soplado un verdadero huracán ­dijo-. Ahora será más difícil de leer que este palimpsesto. En fin, eso ya no tiene remedio. ¿Qué hizo usted, Hopkins, después de asegurarse de que no estaba seguro de nada?
-Creo estar seguro de muchas cosas, señor Holmes. Sabía que alguien había entrado furtivamente en la casa desde el exterior. A continuación, examiné el corredor. Está cubierto con una estera de palma y no han quedado en él huellas de ninguna clase. Así llegué al despacho mismo. Es una habitación con pocos muebles, y el que más destaca es una mesa grande con escritorio. Este escritorio consta de una doble columna de cajones con un armarito central, cerrado. Según parece, los cajones estaban siempre abiertos y en ellos no se guardaba nada de valor. En el armarito había algunos papeles importantes, pero no presentaba señales de haber sido forzado, y el profesor me ha asegurado que no falta nada. Tengo la seguridad de que no se ha robado nada.
»Y llegamos por fin al cadáver del joven. Se encontraba cerca del escritorio, un poco a la izquierda, como se indica en el plano. La puñalada se había asestado en el lado derecho del cuello y desde atrás hacia delante, de manera que es casi imposible que se hiriera él mismo.
-A menos que se cayera sobre el cuchillo -dijo Holmes.
-Exacto. Esa idea se me pasó por la cabeza. Pero el cuchillo se encontraba a varios palmos del cadáver, de modo que parece imposible. Tenemos, además, las palabras del propio moribundo. Y por último, tenemos esta importantísima prueba que se encontró en la mano derecha del muerto.
Stanley Hopkins sacó de un bolsillo un paquetito envuelto en papel.

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