La aventura de las gafas de oro (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Bien, es casi la una, y más vale que durmamos unas horas. Estoy seguro de que podrá arreglarse perfectamente en el sofá que hay delante de la chimenea. Antes de salir, encenderé mi mechero de alcohol y le daré una taza de café.
A la mañana siguiente, la borrasca había agotado sus fuerzas, pero aun así hacía un tiempo muy crudo cuando emprendimos viaje. Vimos cómo se levantaba el frío sol de invierno sobre las lúgubres marismas del Támesis y los largos y tétricos canales del río, que yo siempre asociaré con la persecución del nativo de las islas Andaman, allá en los primeros tiempos de nuestra carrera. Tras un largo y fatigoso trayecto, nos apeamos en una pequeña estación a pocas millas de Chatham. En la posada del lugar tomamos un rápido desayuno mientras enganchaban un caballo al coche, y cuando por fin llegamos a Yoxley Old Place nos encontrábamos listos para entrar en acción. Un policía de uniforme nos recibió en la puerta del jardín.
-¿Alguna novedad, Wilson?
-No, señor, ninguna.
-¿Nadie ha visto a ningún forastero?
-No, señor. En la estación están seguros de que ayer no llegó ni se marchó ningún forastero.
-¿Han hecho indagaciones en las pensiones y posadas? -Sí, señor; no hay nadie que no pueda dar razón de su presencia.
-En fin, de aquí a Chatham no hay más que una moderada caminata. Cualquiera podría alojarse allí, o tomar un tren, sin llamar la atención. Este es el sendero del que le hablé, señor Holmes. Le doy mi palabra de que ayer no había ni una huella en él.
-¿A qué lado estaban las pisadas en la hierba?
-A este lado. En esta estrecha franja de hierba entre el sendero y el macizo de flores. Ahora ya no se distinguen las huellas, pero ayer las vi con toda claridad.
-Si, sí; por aquí ha pasado alguien -dijo Holmes, agachán
dose junto al césped-. Nuestra dama ha tenido que ir pisando con mucho cuidado, ¿no cree?, porque por un lado habría dejado huellas en el sendero, y por el otro las habría dejado aún más claras en la tierra blanda del macizo de flores.
-Sí, señor; debe de tratarse de una mujer con mucha sangre fría.
Advertí en el rostro de Holmes un momentáneo gesto de concentración.
-¿Dice usted que tuvo que regresar por este mismo camino?

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