La aventura de las gafas de oro (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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No tengo intención de molestarle con largos interrogatorios, profesor Coram, porque ya estoy informado de que usted se encontraba en la cama en el momento del crimen y no puede saber nada al respecto. Sólo le preguntaré una cosa: ¿Qué supone usted que quería decir el pobre muchacho con sus últimas palabras: «El profesor... ha sido ella»?
El profesor meneó la cabeza en señal de negativa.
-Susan es una chica del campo -dijo-, y ya sabe usted lo increíblemente estúpida que es la clase campesina. Me imagino que el pobre muchacho debió murmurar algunas palabras incoherentes o delirantes, y que ella las retorció, convirtiéndolas en este mensaje sin sentido.
-Ya veo. ¿Y no tiene usted ninguna explicación para esta tragedia?
-Podría tratarse de un accidente; podría tratarse, pero esto que quede entre nosotros, de un suicidio. Los jóvenes tienen problemas secretos. Tal vez algún asunto de amores, del que nosotros no sabíamos nada. Me parece una explicación más probable que la del asesinato.
-Pero ¿y las gafas?
-¡Ah! Yo no soy más que un estudioso..., un soñador. No soy capaz de explicar las cosas prácticas de la vida. Aun así, amigo mío, todos sabemos que las prendas de amor pueden adoptar formas muy extrañas. Pero, por favor, coja usted otro cigarrillo. Es un placer encontrar a alguien que sabe apreciarlos. Un abanico, un guante, unas gafas..., ¿quién sabe las cosas que un hombre puede llevar como recuerdo o como símbolo cuando decide poner fin a su vida? Este caballero habla de pisadas en la hierba; pero, al fin y al cabo, es fácil equivocarse en una cosa así. En cuanto al cuchillo, bien pudo rodar lejos del cuerpo del hombre cuando éste cayó al suelo. Puede que esté diciendo tonterías, pero a mí me parece que a Willoughby Smith le llegó la muerte por su propia mano.
Holmes pareció muy sorprendido por la teoría del profesor y continuó paseando de un lado a otro durante un buen rato, sumido en reflexiones y consumiendo un cigarrillo tras otro.
-Dígame, profesor Coram -preguntó por fin-, ¿qué hay en ese armarito del escritorio?
-Nada que pueda interesar a un ladrón. Documentos familiares, cartas de mi pobre esposa, diplomas de universidades que me han concedido honores... Aquí tiene la llave. Puede verlo usted mismo.
Holmes cogió la llave y la miró un instante; luego la devolvió.

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