La aventura de las gafas de oro (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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-No, no creo que me sirva de nada -dijo-. Preferiría salir tranquilamente a su jardín y reflexionar un poco sobre el asunto. No se puede descartar del todo esa teoría del suicidio que usted acaba de exponer. Le pido perdón por esta intromisión, profesor Coram, y le prometo que no volveremos a molestarle hasta después de la comida. A las dos vendremos a verle y le informaremos de todo lo que pueda haber ocurrido de aquí a entonces.
Holmes se mostraba curiosamente distraído, y durante un buen rato estuvimos yendo y viniendo en silencio por el sendero del jardín.
-¿Tiene alguna pista? -pregunté por fin.
-Todo depende de esos cigarrillos que he fumado -me respondió-. Es posible que me equivoque por completo. Los cigarrillos me lo harán saber.
-¡Querido Holmes! -exclamé yo-. ¿Cómo demonios...?
-Bueno, bueno, ya lo verá usted por sí mismo. Y si no, no habrá pasado nada. Claro que siempre podemos volver a seguir la pista del óptico, pero hay que aprovechar los atajos cuando se puede. ¡Ah, aquí viene la buena de la señora Marker! Vamos a disfrutar de cinco minutos de instructiva conversación con ella.
Creo haber dicho ya en ocasiones anteriores que Holmes, cuando quería, podía portarse de un modo particularmente encantador con las mujeres y tardaba muy poco en ganarse su confianza. En la mitad del tiempo que había mencionado, ya se había ganado la simpatía del ama de llaves y estaba charlando con ella como si se conocieran desde hacía años.
-Sí, señor Holmes, tiene razón en lo que dice. Fuma de una manera terrible. Todo el día y, a veces, toda la noche. Si viera esa habitación algunas mañanas... Cualquiera se pensaría que es la niebla de Londres. También el pobre señor Smith fumaba, aunque no tanto como el profesor. Su salud..., bueno, la verdad es que no sé si fumar es bueno o malo para la salud.
-Desde luego, quita el apetito -dijo Holmes.
-Bueno, yo no sé nada de eso, señor.
-Apuesto a que el profesor apenas come.
-Bueno, es variable. Es lo único que puedo decir.
-Estoy dispuesto a apostar a que esta mañana no ha desayunado; y después de todos los cigarrillos que le he visto consumir, dudo que toque la comida.
-Pues en eso se equivoca, señor, porque da la casualidad de que esta mañana ha desayunado más que nunca.

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