La aventura de las gafas de oro (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Cuando por fin nos incorporamos, advertí que a Holmes le brillaban los ojos y que sus mejillas estaban teñidas de color. Sólo en los momentos críticos había yo visto ondear aquellas banderas de batalla.
-Sí -dijo-. Lo he resuelto.
Stanley Hopkins y yo lo miramos asombrados. En las demacradas facciones del viejo profesor se produjo un temblor que parecía vagamente una sonrisa burlona.
-¿De verdad? ¿En el jardín?
-No, aquí mismo.
-¿Aquí? ¿Cuándo?
-En este preciso instante.
-¿Es una broma, señor Sherlock Holmes? Me fuerza usted a decirle que este asunto es demasiado serio para tratarlo tan a la ligera.
-He forjado y puesto a prueba todos los eslabones de mi cadena, profesor Coram, y estoy seguro de que es sólida. Lo que aún no puedo decir es cuáles son sus motivos y qué papel exacto desempeña usted en este extraño asunto. Pero, probablemente, dentro de unos pocos minutos lo oiremos de su propia boca. Mientras tanto, voy a reconstruir para usted lo sucedido, de manera que sepa cuál es la información que aún me falta.
»Ayer entró una mujer en su despacho. Vino con la intención de apoderarse de ciertos documentos que estaban guardados en su escritorio. Disponía de una llave propia. He tenido oportunidad de examinar la suya, y no presenta la ligera descoloración que habría producido la rozadura contra el barniz. Así pues, usted no participó en su entrada y, por lo que yo he podido interpretar, ella vino sin que usted lo supiese, con intención de robarle.
El profesor lanzó una nube de humo.
-¡Cuán interesante e instructivo! -dijo-. ¿No tiene más que añadir? Sin duda, habiendo seguido hasta aquí los pasos de esa dama, podrá decirnos también lo que ha sido de ella.
-Eso me propongo hacer. En primer lugar, fue sorprendida por su secretario y lo apuñaló para poder escapar. Me inclino a considerar esta catástrofe como un lamentable accidente, pues estoy convencido de que la dama no tenía intención de infligir una herida tan grave. Un asesino no habría venido desarmado. Horrorizada por lo que había hecho, huyó enloquecida de la escena de la tragedia. Por desgracia para ella, había perdido sus gafas en el forcejeo y, como era muy corta de vista, se encontraba del todo perdida sin ellas. Corrió por un pasillo, creyendo que era el mismo por el que había llegado (los dos están alfombrados con esteras de palma), y hasta que no fue demasiado tarde no se dio cuenta de que se había equivocado de pasillo y que tenía cortada la retirada.

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