La aventura de las gafas de oro (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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¿Qué podía hacer? No podía quedarse donde estaba. Tenía que seguir adelante. Así que siguió adelante. Subió unas escaleras, empujó una puerta y se encontró aquí en su habitación.
El anciano se había quedado con la boca abierta, mirando a Holmes como alelado. En sus expresivas facciones se reflejaban tanto el asombro como el miedo. Por fin, haciendo un esfuerzo, se encogió de hombros y estalló en una risa nada sincera.
-Todo eso está muy bien, señor Holmes -dijo-. Pero existe un pequeño fallo en esa espléndida teoría. Yo estaba en mi habitación y no salí de ella en todo el día.
-Soy consciente de eso, profesor Coram.
-¿Pretende usted decir que yo puedo estar en esa cama y no darme cuenta de que ha entrado una mujer en mi habitación?
-No he dicho eso. Usted se dio cuenta. Usted habló con ella. Usted la reconoció. Y usted la ayudó a escapar.
Una vez más, el profesor estalló en chillonas carcajadas. Se había puesto en pie y sus ojos brillaban como ascuas.
-¡Usted está loco! -exclamó-. ¡No dice más que tonterías! ¿Conque yo la ayudé a escapar, eh? ¿Y dónde está ahora?
-Está aquí -respondió Holmes, señalando una librería alta y cerrada que había en un rincón de la habitación.
El anciano levantó los brazos, sus severas facciones sufrieron una terrible convulsión y cayó desplomado en su butaca. En el mismo instante, la librería que Holmes había señalado giró sobre unas bisagras y una mujer se precipitó en la habitación.
-¡Tiene usted razón! -exclamó con un extraño acento extranjero-. ¡Tiene usted razón! ¡Aquí estoy!
Estaba cubierta de polvo y envuelta en telarañas que se habían desprendido de las paredes de su escondite. También su rostro estaba tiznado de suciedad, pero ni en las mejores condiciones habría sido hermoso, ya que presentaba exactamente todas las características físicas que Holmes había adivinado, con el añadido de una larga y obstinada mandíbula. A causa de su natural miopía, agravada por el súbito paso de las tinieblas a la luz, se había quedado como deslumbrada, parpadeando para tratar de distinguir dónde estábamos y quiénes éramos. Y sin embargo, a pesar de todos estos inconvenientes, había cierta nobleza en el porte de aquella mujer, cierta gallardía en su desafiante mandíbula y su cabeza erguida que despertaban algo de respeto y admiración. Stanley Hopkins le había puesto la mano sobre el brazo, declarándola detenida, pero ella le hizo a un lado, con suavidad pero con una dignidad tan dominante que imponía obediencia.

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