La aventura de los monigotes (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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No soy rico, pero si algún peligro amenaza a mi mujercita, gastaría hasta el último penique para protegerla.
Era un gran tipo aquel hijo de la antigua Inglaterra, sencillo, honesto y amable, con sus grandes y expresivos ojos azules y su rostro amplio y simpático. Llevaba reflejados en el rostro el amor y la confianza que sentía por su esposa. Holmes había escuchado su relato con la máxima atención, y luego se quedó un buen rato callado, sumido en profundas reflexiones.
-¿No cree usted, señor Cubitt -dijo por fin-, que lo mejor sería abordar directamente a su esposa y pedirle que le confíe su secreto?
Hilton Cubbit sacudió su enorme cabeza.
-Una promesa es una promesa, señor Holmes. Si Elsie quisiera decírmelo, me lo diría. Si no, no seré yo quien viole su confianza. Pero tengo derecho a actuar por mi cuenta, y pienso hacerlo.
-Entonces, le ayudaré de todo corazón. En primer lugar, ¿sabe usted si ha aparecido algún extranjero por su vecindario?
-No.
-Supongo que se trata de un lugar muy tranquilo, y que una cara nueva provocaría comentarios.
-En la vecindad inmediata, sí. Pero no muy lejos hay varios pueblos con balnearios, y los granjeros aceptan huéspedes.
-Es evidente que estos jeroglíficos significan algo. Si se trata de una clave arbitraria, puede resultarnos imposible descifrarla. Pero si es sistemática, no me cabe duda de que llegaremos al fondo del asunto. Sin embargo, esta muestra en particular es tan pequeña que no puedo hacer nada con ella, v la información que usted me ha dado es tan inconcreta que carece­mos de base para una investigación. Yo le aconsejaría regresar a Norfolk, mantenerse ojo avizor v hacer una copia exacta de todo nuevo monigote que aparezca. Es una verdadera lástima que no dispongamos de una copia de los que se dibujaron con tiza en el alféizar de la ventana. Además de esto, investigue discretamente acerca de la presencia de extranjeros por los alrededores. Cuando haya reunido algún dato nuevo, vuelva a verme. Es el mejor consejo que puedo darle, señor Cubbit. Si se presentara alguna novedad apremiante, me tendrá siempre dispuesto a acudir corriendo a su casa de Norfolk.
La entrevista dejó a Sherlock Holmes muy pensativo, y durante los días siguientes le vi en varias ocasiones sacar la hoja de papel de su cuaderno y contemplar durante largo rato y con gran interés las curiosas figuras dibujadas en ella.

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