La aventura de los monigotes (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Sin embargo, no volvió a hacer mención del asunto hasta una tarde, unos quince días después. Yo me disponía a salir cuando él me llamó. -Será mejor que se quede, Watson.
-¿Por qué?
-Porque esta mañana he recibido un telegrama de Hilton Cubitt. ¿Se acuerda usted de Hilton Cubitt, el de los monigotes? Ha debido llegar a la estación de Liverpool Street a la una y veinte. Estará aquí de un momento a otro. Su telegrama parece sugerir que se han producido novedades de importancia.
No tuvimos que esperar mucho. Nuestro caballero de Norfolk vino directamente desde la estación, tan rápido como pudo llevarlo un coche de alquiler. Se le veía angustiado y deprimido, con los ojos fatigados y la frente llena de arrugas.
-Este asunto me está destrozando los nervios, señor Holmes -dijo, dejándose caer en una butaca como si estuviera agotado-. Ya es bastante malo sentirse rodeado por gente invisible y misteriosa que parece estar tramando algo contra uno; pero si, además, uno sabe que eso está matando poco a poco a su esposa, la cosa se hace verdaderamente insoportable. Elsie se está consumiendo..., se está consumiendo ante mis propios ojos.
-¿Todavía no ha dicho nada?
-No, señor Holmes, no ha dicho nada. Y sin embargo, ha habido momentos en que la pobre chica quería hablar, pero no acababa de decidirse a dar el paso. He intentado ayudarla, pero me temo que no fui muy hábil y sólo conseguí asustarla y que siguiera callando. Me hablaba de la antigüedad de mi familia, de nuestra reputación en el condado, del orgullo que sentimos por nuestro honor intachable, y siempre me parecía que estaba a punto de explicarse; pero por una cosa o por otra, nunca llegaba a hacerlo.
-Y usted, ¿ha descubierto algo por su cuenta?
-Mucho, señor Holmes. Traigo varios dibujos nuevos de monigotes para que usted los examine y, lo que es más importante, he visto al sujeto.
-¡Cómo! ¿Al hombre que los dibuja?
-Sí, lo sorprendí en plena faena. Pero es mejor que se lo cuente todo en orden. Cuando regresé después de visitarle a usted, lo primero que vi a la mañana siguiente fue una nueva cosecha de monigotes. Estaban dibujados con tiza en la puerta negra de madera del cobertizo donde se guardan las herramientas, que está junto al césped, bien a la vista desde las ventanas.

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