La aventura de los monigotes (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Y sin embargo, lo asombroso es que debió de estar allí todo el tiempo, porque cuando volví a examinar la puerta por la mañana había dibujado varias figuritas más bajo la serie que yo ya había visto.
-¿Tiene usted ese nuevo dibujo?
-Sí. Es muy breve, pero hice una copia y aquí está.
Sacó un nuevo papel. La nueva danza tenía la siguiente forma:
-Dígame -dijo Holmes, y se veía en sus ojos que estaba excitadísimo-, ¿esto era un añadido al primer dibujo, o parecía simplemente independiente?
-Estaba dibujado en una tabla distinta de la puerta.
-¡Excelente! Para nuestros propósitos, esto es de la máxima importancia. Me llena de esperanzas. Ahora, señor Cubitt, le ruego que continúe con su interesantísima narración. ­No tengo nada más que decir, señor Holmes, excepto que me irrité con mi mujer por haberme sujetado cuando podría haber atrapado a aquel granuja merodeador. Me dijo que tuvo miedo de que pudieran hacerme algún daño, y por un instante me asaltó el pensamiento de que tal vez lo que ella temía en realidad es que pudiera hacerle algún daño a él, porque estaba convencido de que ella sabía quién era aquel hombre y lo que significaban sus extraños mensajes. Sin embargo, señor Holmes, hay algo en la forma de hablar de mi esposa y en la mirada de sus ojos que disipa toda duda, y ahora estoy convencido de que pensaba verdaderamente en mi seguridad. Esto es todo lo que hay, y ahora espero que usted me aconseje lo que debo hacer. Por mi gusto, pondría media docena de peones escondidos entre los arbustos, y cuando volviera ese fulano le darían tal paliza que nos dejaría en paz para siempre.
-Me tema que el caso es demasiado grave para remedios tan simples -dijo Holmes-. ¿Cuánto tiempo puede usted quedarse en Londres?
-Tengo que regresar hoy mismo. Por nada del mundo dejaría sola a mi esposa por la noche. Está muy nerviosa y me ha suplicado que vuelva
-Creo que hace usted bien. Pero si hubiera podido quedarse, es posible que dentro de uno
o dos días yo habría podido regresar con usted. Mientras tanto, déjeme esos papeles, y creo muy probable que pueda ir a visitarle muy pronto y arrojar alguna luz sobre el caso.
Sherlock Holmes mantuvo su actitud serena y profesional hasta que nuestro visitante se hubo marchado, aunque yo, que le conocía bien, veía perfectamente que se encontraba excita­dísimo.

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