La aventura de los monigotes (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Los hechos demostraron que tenía razón. Aun ahora, al acercarme a la conclusión de la historia que al principio me había parecido una fantasía infantil, vuelvo a experimentar la angus­tia y el horror que entonces sentí. Ojalá hubiera tenido un final más feliz para comunicárselo a mis lectores; pero la crónica debe atenerse a los hechos, y yo debo seguir hasta su siniestro de­senlace la extraña cadena de sucesos que durante unos días convirtieron a Ridling Thorpe Manor en tema de conversación a todo lo largo y ancho de Inglaterra.
Apenas si habíamos descendido del tren en North Walsham y mencionado nuestro lugar de destino, cuando el jefe de estación se acercó corriendo a nosotros.
-¿Son ustedes los policías de Londres? -preguntó.
Por el rostro de Holmes cruzó una expresión de preocupación.
-¿Qué le hace pensar semejante cosa?
-Es que acaba de pasar por aquí el inspector Martin, de Norwich. Pero tal vez sean ustedes los médicos. Ella no ha muerto... por lo menos, esto es lo último que se supo. Quizás aún lleguen a tiempo de salvarla, aunque sea salvarla para la horca. La frente de Holmes se nubló de ansiedad.
-Nos dirigimos a Ridling Thorpe Manor -dijo-, pero no sabemos nada de lo que ha ocurrido allí.
-Una cosa terrible -dijo el jefe de estación-. Heridos a tiros los dos, el señor Cubitt y suesposa. Ella le disparó y luego se pegó un tiro, al menos eso dicen los criados. Él ha muerto y a ella no hay muchas esperanzas de salvarla. ¡Señor, Señor! ¡Una de las familias más antiguas del condado de Norfolk, y una de las más honorables!
Sin decir palabra, Holmes corrió hacia un coche de alquiler y no abrió la boca en todo el largo recorrido de siete millas. Pocas veces lo he visto tan abatido. Se había mostrado inquieto durante todo el viaje desde Londres, y me había llamado la atención la ansiedad con que hojeaba los diarios de la mañana; pero el hecho de que sus peores temores se hubieran convertido en realidad de manera tan brusca lo dejó sumido en una ciega melancolía. Permanecía recostado en su asiento, perdido en fúnebres especulaciones. Sin embargo, había muchas cosas interesantes a nuestro alrededor, ya que atravesábamos uno de los paisajes más curiosos de Inglaterra, en el que unas pocas casas desperdigadas representaban a la población actual, mientras que a ambos lados del camino se alzaban enormes iglesias de torres cuadradas, que surgían del paisaje verde y llano pregonando la gloria y la prosperidad de la antigua East Anglia.

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