La aventura de los monigotes (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Por fin divisamos el borde violáceo del mar del Norte sobre el verde de la costa de Norfolk, y el cochero señaló con su látigo dos viejos tejadillos de ladrillo y madera que sobresalían de un bosquecito.
-Esa es Ridling Thorpe Manor -dijo.
Cuando el coche se detuvo frente a la puerta principal, pude ver, junto al campo de tenis, el cobertizo negro y el reloj de sol con su pedestal, que tan siniestro significado encerraban para nosotros. Un hombrecillo bien vestido, de aspecto sagaz y con bigote engomado, acababa de apearse de un carricoche. Se´ como el inspector Martin, de la comisaría de Norfolk, v se sorprendió muchísimo al oír el nombre de mi compañero.
-¡Caramba, señor Holmes, pero si el crimen se ha cometido a las tres de la mañana! ¿Cómo es posible que se haya enterado en Londres y haya llegado al mismo tiempo que yo?
-Es que lo preveía. Vine con la esperanza de poder impedirlo.
-En tal caso, debe disponer de importante información, de la que nosotros carecemos. Por aquí se decía que eran una pareja muy bien avenida.
-El único dato de que dispongo son los monigotes -dijo Holmes-. Ya se lo explicaré más tarde. Mientras tanto, dado que ya es demasiado tarde para evitar la tragedia, lo que me urge es utilizar la información que poseo para procurar que se haga justicia. ¿Colaborará usted conmigo en la investigación, o prefiere que yo actúe por mi cuenta?
-Será para mí un orgullo que actuemos juntos, señor Holmes -dijo el inspector de todo corazón.
-En ese caso, me gustaría escuchar los testimonios y examinar la casa sin perder un instante.
El inspector Martin tuvo el buen sentido de dejar que mi amigo hiciera las cosas a su manera, y se conformó con tomar cuidadosa nota de los resultados. El médico de la localidad, un anciano de cabellos blancos, acababa de bajar de la habitación de la señora Cubitt y nos comunicó que sus heridas eran graves, aunque no mortales de necesidad. La bala había atravesado el cráneo por delante del cerebro y lo más probable era que tardara algún tiempo en recuperar la conciencia. Al preguntársele si se había disparado ella misma o lo había hecho otra persona, no se atrevió a dar una opinión definitiva. Desde luego, el disparo se había hecho desde muy cerca.

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