La aventura del colegio Priory (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Le prometo que antes de mañana por la tarde habremos dado con la solución del misterio.
A las once de la mañana del día siguiente, mi amigo y yo avanzábamos por la famosa avenida de los tejos de Holdernesse Hall. Nos franquearon el magnífico portal isabelino y nos hicieron pasar al despacho de su excelencia. Allí encontramos al señor James Wilder, serio y cortés, pero todavía con algunas huellas del terrible espanto de la noche anterior acechando en su mirada furtiva y sus facciones temblorosas.
-¿Vienen ustedes a ver a su excelencia? Lo siento, pero el caso es que el duque no se encuentra nada bien. Le han trastornado muchísimo las trágicas noticias. Ayer por la tarde recibimos un telegrama del doctor Huxtable informándonos de lo que ustedes habían descubierto.
-Tengo que ver al duque, señor Wilder.
-Es que está en su habitación.
-Entonces, tendré que ir a su habitación.
-Creo que está en la cama.
-Pues lo veré en la cama.
La actitud fría e inexorable de Holmes convenció al secretario de que era inútil discutir con él. -Muy bien, señor Holmes; le diré que están ustedes aquí. Tras media hora de espera, apareció el gran personaje. Su rostro estaba más cadavérico que nunca, tenía los hombros hundidos y, en conjunto, parecía un hombre mucho más viejo que el de la mañana anterior. Nos saludó con señorial cortesía y se sentó ante su escritorio, con su barba roja cayéndole sobre la mesa.
-¿Y bien, señor Holmes? -dijo. Pero los ojos de mi amigo estaban clavados en el secretario, que permanecía de pie junto al sillón de su jefe. -Creo, excelencia, que hablaría con más libertad si no estuviera presente el señor
Wilder. El aludido palideció un poco más y dirigió a Holmes una mirada malévola. -Si su excelencia lo desea... -Sí, sí, será mejor que se retire. Y ahora, señor Holmes, ¿qué tiene usted que decir? Mi amigo aguardó hasta que la puerta se hubo cerrado tras la salida del secretario. -El caso es, excelencia, que mi compañero el doctor Watson y yo recibimos del doctor
Huxtable la seguridad de que se había ofrecido una recompensa, y me gustaría oírlo
confirmado por su propia boca. -Desde luego, señor Holmes. -Si no estoy mal informado, ascendía a cinco mil libras para la persona que le diga
dónde se encuentra su hijo.

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