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La aventura del detective agonizante (Arthur Conan Doyle) - pág.10

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Ahora puede desaparecer de la escena.
-Debo esperar a oír su opinión, Holmes.
-Claro que debe. Pero tengo razones para suponer que esa opinión será mucho más franca y valiosa si se imaginara que estamos solos. Queda el sitio justo detrás de la cabecera de mi cama.
-¡Mi querido Holmes!
-Me temo que no hay alternativa, Watson. El cuarto no se presta a esconderse, pero es preciso que lo haga, en cuanto que es menos probable que despierte sospechas. Pero ahí mismo, Watson, se me antoja que podría hacerse el trabajo. -De repente se incorporó con rígida atención en su cara hosca-. Ya se oyen las ruedas, Watson. ¡Pronto, hombre, si de verdad me aprecia! Y no se mueva, pase lo que pase…, pase lo que pase, ¿me oye? ¡No hable! ¡No se mueva! escuche con toda atención.
Librodo

Luego, en un momento, desapareció su súbito acceso de energía, y sus palabras dominantes y llenas de sentido se extinguieron en los sordos y vagos murmullos de un hombre delirante.
Desde el escondite donde me había metido tan rápidamente, oí los pasos por la escalera, y la puerta de la alcoba que se abría y cerraba. Luego, para mi sorpresa, hubo un largo silencio, roto sólo por el pesado aliento y jadeo del enfermo. Pude imaginar que nuestro visitante estaba de pie junto a la cama y miraba al que sufría. Por fin se rompió ese extraño silencio.
-¡Holmes! -gritó-. ¡Holmes! -con el tono insistente de quien despierta a un dormido-. ¿Me oye, Holmes? -Hubo un roce, como si hubiera sacudido bruscamente al enfermo por el hombro.
-¿Es usted, señor Smith? -susurró Holmes-. Apenas me atrevería a esperar que viniera.
El otro se rió.
-Ya me imagino que no -dijo-. Y sin embargo, ya ve que estoy aquí. ¡Remordimientos de conciencia!
-Es muy bueno de su parte, muy noble. Aprecio mucho sus especiales conocimientos.
Nuestro visitante lanzó una risita.
-Claro que sí. Por suerte, usted es el único hombre en Londres que los aprecia. ¿Sabe lo que le pasa?
-Lo mismo -dijo Holmes.
-¡Ah! ¿Reconoce los síntomas?
-De sobra.
-Bueno, no me extrañaría, Holmes. No me extrañaría que fuera lo mismo. Una mala perspectiva para usted si lo es. El pobre Víctor se murió a los cuatro días; un muchacho fuerte, vigoroso. Como dijo usted, era muy chocante que hubiera contraído una extraña enfermedad, que, además, yo había estudiado especialmente.


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