La aventura del fabricante de colores retirados (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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-La casa de míster Josiah Amberley se llama "El Refugio":-dije yo-. Creo que le interesaría, Holmes. Se parece a uno de esos patricios pobres que se ven obligados a alternar con sus inferiores. Ya conoce usted las características de ese barrio: las monótonas calles de ladrillo, las fatigosas carreteras suburbanas. En medio mismo de todo eso, una islita de la cultura y comodidad de antaño; esta antigua casa, rodeada de un elevado muró, bañado por el sol, moteado de líquenes y coronado de musgo, la clase de muro que…
-Suprima poesía, Watson -dijo Holmes con severidad-. Anoto: un muro alto de ladrillo.
-Exactamente. Yo no habría sabido cuál de aquellas casas era "El refugio". De no habérselo preguntado a un ocioso que estaba fumando en la calle. Tengo razón para mencionarle a este individuo. Era alto, moreno, de grandes bigotes, y apariencia de militar. Contestó a mi pregunta con un movimiento de cabeza y me dirigió una mirada curiosamente interrogadora, de la que me acordé algo más tarde.
Apenas traspasé la puerta exterior, vi a mister Amberley que avanzaba por el camino de coche. Esta mañana, cuando estuvo aquí, no hice sino una ojeada, y aún con eso me produjo la impresión de un individuo raro; pero cuando le vi a la plena luz, su aspecto me resultó todavía más anormal.
-Como comprenderá, Watson, yo he estudiado a ese hombre agradaría conocer la impresión que a usted le produjo -dijo Holmes.
-La que me dio fue la de un hombre doblado por la preocupación. Tiene la espalda encorvada, como si llevase sobre ella un gran peso. Pero no es, como me imaginé al principio, una poca cosa de hombre, porque sus hombros y su pecho son los de un gigante, aunque su cuerpo se vaya ahusando hacia abajo hasta terminar en zanquilargo.
-El zapato izquierdo con arrugas; el derecho, liso.
-No me fijé en ese detalle.
-Usted no; pero ya descubrí que tenía un miembro artificial. Prosiga.
-Me sorprendieron los mechones blancuzcos de cabello gris que le salían por debajo del sombrero de paja, la expresión violenta, vehemente de su cara y lo fuertemente acusado de los rasgos de ésta.
-Muy bien, Watson. ¿Y qué dijo?
-Empezó a soltarme la historia de sus agravios. Fuimos caminando por el jardín y, como es natural, yo me fijé en todo. Nunca he visto finca peor cuidada.

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