La aventura del fabricante de colores retirados (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

Página 9 de 16

Llegados, por fin a la pequeña estación, aún nos quedaba una excursión en coche para llegar a la vicaría, donde nos recibió en su despacho un clérigo grueso, solemne, bastante pomposo. Tenía delante nuestro el telegrama, y nos preguntó:
-Bien, caballeros: ¿en qué puedo servirles?
-Hemos venido en contestación a su telegrama -le expliqué yo.
-¡A mi telegrama! Yo no les he puesto ningún telegrama.
-Quiero decir al telegrama que usted envió a mister Josiah Amberley acerca de su mujer y de su dinero.
-Señor, si esto es una broma, es de un gusto muy discutible -exclamó irritado el vicario-. Jamás he oído el nombre de ese caballero del que usted me habla y no envié a nadie ningún telegrama.
Nuestro cliente y yo nos miramos atónitos.
-Quizá se trate de algún error. ¿No habrá por aquí dos vicarías? Aquí tiene usted el telegrama mismo, firmado Elman y fechado en la vicaría.
-Caballero, vicaría no hay más que ésta, y no hay más vicario que yo. Este telegrama es una escandalosa falsedad, y ya se encargará la Policía de investigar su origen. Mientras tanto, no veo finalidad alguna para prolongar esta entrevista.
Y así fue como mister Amberley y yo nos vimos en la carretera, en una aldea que me pareció la más primitiva de Inglaterra. Nos dirigimos a la oficina de Telégrafos, pero ya estaba cerrada. Sin embargo, en la taberna de «El Escudo Ferroviario» encontramos un teléfono, y gracias al mismo establecí contacto con Holmes, que se mostró asombrado del resultado de nuestro viaje.
-¡Extraordinario! -dijo la voz lejana. ¡Por demás extraordinario! Querido Watson, mucho me temo que no tenga un tren para regresar esta noche. Le he condenado a usted, sin darme cuenta, a los horrores de un mesón de aldea. Sin embargo, Watson, usted dispone siempre del recurso de la naturaleza y de Josiah Amberley. Manténgase en estrecho contacto con ambos ­le oí gorgoritear secamente en el instante en cortaba la comunicación.
Pronto puede convencerme de que la fama de tacaño de mi acompañante era bien merecida. Había refunfuñado por lo costoso de la excursión, había insistido en que viajáramos en tercera clase y ahora protestó ruidosamente por la factura del hospedaje. A la mañana siguiente, cuando llegamos a Londres, era difícil decir cuál de nosotros se encontraba de peor humor.
-Lo mejor que podría usted hacer es quedarse en Baker Street cuando pasemos por allí ­dije- Quizá mister Holmes tenga nuevas instrucciones.

Página 9 de 16
 

Paginas:


Compartir:




Diccionario: