La aventura del Puente de Thor (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Bajé a desayunar preparado para encontrar a mi compañero deprimido, pues, como todos los grandes artistas, fácilmente se dejaba impresionar por su ambiente. Por el contrario, vi que casi había terminado su desayuno y que su humor era especialmente luminoso y alegre, con ese buen ánimo algo siniestro que caracterizaba sus momentos más ligeros.
–¿Tiene algún caso, Holmes? –Hice notar.
–La facultad de deducción es ciertamente contagiosa, Watson –respondió–. Le ha hecho capaz de sondear mi secreto. Sí, tengo un caso. Tras un mes de trivialidades y estancamiento, las ruedas se ponen en marcha otra vez.
–¿Podría compartirlo?
–Hay poco que compartir, pero podemos discutirlo cuando haya consumido un par de huevos duros con que nos ha favorecido nuestra cocinera. Su estado quizá no deje de tener relación con el ejemplar del Family Herald que observé ayer en la mesa del vestíbulo. Incluso un asunto tan trivial como el cocer un huevo requiere una atención que sea consciente del paso del tiempo, incompatible con la novela de amor de esa excelente publicación.
Un cuarto de hora después, la mesa estaba despejada y nosotros cara a cara. El había sacado una carta del bolsillo.
–¿Ha oído hablar de Neil Gibson, el Rey del Oro? –dijo.
–¿Quiere decir el senador americano?
–Bueno, una vez fue senador por algún estado del Oeste, pero se le conoce más como el mayor magnate de minas de oro del mundo.
–Sí, sé de él. Seguro que lleva viviendo algún tiempo en Inglaterra. Su nombre es muy conocido.
–Sí, compró unas grandes propiedades en Hampshire hace cinco años. ¿Ha oído hablar del trágico fin de su mujer?
–Claro. Ahora lo recuerdo. Por eso es conocido el nombre. Pero la verdad es que no sé nada de los detalles.
Holmes dirigió la mano hacia unos papeles que había en una silla.
–Yo no tenía idea de que el caso vendría a parar a mí, ni de que ya tendría preparados mis recortes de prensa –dijo–. La verdad es que el problema, aunque enormemente sensacional, no parecía presentar dificultades. La interesante personalidad de la acusada no oscurece la claridad de las pruebas. Esa fue la opinión emitida por el jurado forense y también en la instrucción. Ahora se ha remitido a la Audiencia de Winchester. Me temo que es un asunto ingrato. Puedo descubrir hechos, Watson, pero no puedo cambiarlos.

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