La aventura del Puente de Thor (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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El Rey del Oro se sacudió violentamente y casi se levantó de la silla. Luego recobró su calma corpulenta.
–Supongo que está usted en su derecho, y quizá tiene obligación de hacer esa pregunta, señor Holmes.
–Vamos a estar de acuerdo en suponerlo así –dijo Holmes.
–Entonces, puedo asegurarle que nuestras relaciones eran enteramente y siempre las de un patrono hacia una señorita con la que nunca conversó y a la que nunca vio, salvo cuando estaba en compañía de sus hijos.
Holmes se levantó de la silla.
–Señor Gibson, yo soy un hombre muy atareado –dijo–, y usted no tiene tiempo ni ganas de conversaciones que no van a ninguna parte. Le deseo buenos días.
Nuestro visitante se levantó también y su gran figura descoyuntada se irguió por encima de la de Holmes. Había un fulgor furioso bajo esas cejas erizadas y un toque de color en las mejillas cetrinas.
–¿Qué diablos quiere decir con eso, señor Holmes? ¿Rechaza usted mi asunto?
–Bueno, señor Gibson, por lo menos le rechazo a usted. Había creído que mis palabras eran bien claras.
–Muy claras, pero ¿qué hay detrás de esto? ¿Me sube el precio o tiene miedo de hacerse cargo, o qué? Tengo derecho a una respuesta clara.
–Bueno, quizá lo tenga –dijo Holmes–. Le daré ésta. Este asunto ya es bastante complicado para empezar con él sin la dificultad adicional de una información falsa.
–¿Quiere decir que miento?
–Bueno, trataba de expresarlo tan delicadamente como pude, pero si usted se empeña en esa palabra, no le llevaré la contraria.
Me puse en pie de un salto, pues la expresión de la cara del millonario era demoníaca en su intensidad, y había levanto su gran puño nudoso. Holmes sonrió lánguidamente y extendió la mano a la pipa.
–No haga tanto ruido, señor Gibson. Tenga en cuenta que, después del desayuno, incluso la menor discusión me sienta mal. Un paseo al aire de la mañana y pensarlo un poco tranquilamente le vendrían muy bien.
Con esfuerzo, el Rey del Oro dominó su furia. No pude menos de admirarle, pues con un supremo dominio de sí mismo había pasado en un momento desde una cálida llamarada de cólera a una indiferencia fría y despreciativa.
–Bueno, usted decide. Supongo que usted sabe manejar sus propios asuntos. No puedo hacerle coger el caso contra su voluntad.

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