La aventura del Puente de Thor (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Hiciera lo que hiciera, seguía tan apegada como siempre.
Entonces apareció la señorita Grace Dunbar. Vino por un anuncio nuestro y fue la institutriz de nuestros dos hijos. Quizá haya visto usted su retrato en los periódicos. El mundo entero ha proclamado que es también una mujer muy bella. Bueno, yo no pretendo ser más moral que mis prójimos, y le confesaré que no podía vivir bajo el mismo techo con una mujer así y en contacto diario con ella sin sentir una consideración apasionada hacia ella. ¿Me censura usted, señor Holmes?
–No le censuro porque lo sintiera. Le censuraría si lo expresó, puesto que esa señorita estaba en cierto sentido bajo su protección.
–Bueno, quizá sea así –dijo el millonario, aunque por un momento el reproche había vuelto a hacer surgir en sus ojos el viejo fulgor colérico–. No pretendo ser mejor de lo que soy. Supongo que toda la vida he sido un hombre que echaba mano a lo que quería, y nunca he querido más que el amor y la posesión de esa mujer. Así se lo dije.
–Ah, ¿se lo dijo?
Holmes podía parecer temible cuando se emocionaba.
–Le dije que si pudiera casarme con ella lo haría, pero que eso no estaba a mi alcance. Le dije que el dinero no me importaba y que se haría todo lo que pudiera hacer para que ella estuviera feliz y a gusto.
–Muy generoso, por supuesto –dijo Holmes, con una mueca burlona.
–Mire usted, señor Holmes. Vine a verle por una cuestión de pruebas, no de moral. No le pido su crítica.
–Sólo en atención a esa señorita es por lo que cojo su caso –dijo Holmes severamente–. No sé de nada de lo que se la acusa que sea realmente peor que lo que usted mismo ha confesado: que ha tratado de echar a perder a una chica indefensa que estaba bajo su techo. A algunos de ustedes, los ricos, habría que enseñarles que no se puede sobornar a todo el mundo para que perdonen sus excesos.
Para mi sorpresa, el Rey del Oro recibió el reproche con ecuanimidad.
–Eso es lo que yo mismo pienso ahora. Gracias a Dios que mis planes no salieron como yo pretendía. Ella no quiso aceptar nada de eso, y quiso dejar la casa al momento.
–¿Por qué no lo hizo?

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