La aventura del Puente de Thor (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Estaba loca de odio, y el calor del Amazonas seguía siempre en su sangre. Podría haber planteado asesinar a la señorita Dunbar, o, digamos, amenazarla con una pistola para asustarla y que se marchara. Entonces podría haber habido una pelea y que la pistola se disparase hiriendo a la que la tenía.
–Esa posibilidad ya se me ha ocurrido –dijo Holmes–. En efecto, era la única alternativa obvia al asesinato deliberado.
–Pero ella lo niega absolutamente.
–Bueno, eso no es definitivo, ¿verdad? Uno puede entender que una mujer puesta en una situación tan terrible pudiera apresurarse a casa llevando todavía el revólver. Incluso pudo haberlo tirado entre su ropa, sin saber apenas lo que hacía, y, cuando fue encontrado, pudo intentar salir del paso mintiendo con una negativa total, puesto que era imposible toda explicación. ¿Qué hay contra tal suposición?
–La misma señorita Dunbar.
–Bueno, quizá.
Holmes miró el reloj.
–No tengo duda de que podemos obtener esta mañana los permisos necesarios y llegar a Winchester en el tren de la tarde. Cuando yo vea a esa señorita, es muy posible que le sea más útil en el asunto, aunque no puedo prometer que mis conclusiones sean necesariamente como usted desea.
Hubo alguna tardanza en el pase oficial, y en vez de llegar a Winchester ese día, llegamos a Thor Place, la finca del señor Neil Gibson en Hampshire. Él no nos acompaño, pero teníamos la dirección del sargento Coventry, de la policía local, que había sido el primero en examinar el asunto. Era un hombre alto, flaco, cadavérico, con unas maneras secretas y misteriosas, que hacían pensar que sabía o sospechaba mucho más de lo que se atrevía a decir. Empleaba también el truco de bajar de repente la voz hasta un susurro como si hubiera encontrado algo de importancia vital, aunque la información solía ser muy corriente. Más allá de esos detalles en sus maneras, pronto mostró ser un hombre decente y honrado que no tenía reparo en confesar que no sabía por dónde andaba y que de buena gana recibiría cualquier ayuda.
–En todo caso, prefiero tenerle a usted que a Scotland Yard, señor Holmes –dijo–. Si llaman a la Yard para algún caso, entonces la policía local pierde todo el mérito en el éxito y a lo mejor le echan la culpa si fracasa. Usted juega limpio, según he oído.

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