La aventura del Puente de Thor (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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–Yo no necesito aparecer en el asunto en absoluto –dijo Holmes, para evidente alivio de nuestro melancólico conocido–. Si se me permite aclararlo, no pido que se mencione mi nombre.
–Bueno, es muy elegante por su parte, ciertamente. Y su amigo, el doctor Watson, es de fiar, ya lo sé. Bueno, señor Holmes, mientras vamos al sitio hay una pregunta que querría hacerle. No se lo insinuaría a nadie más que a usted. –Miró a su alrededor como si apenas se atreviera a decirlo–. ¿No cree que podría haber una acusación contra el propio señor Neil Gibson?
–Lo he estado considerando.
–No ha visto a la señorita Dunbar. Es una mujer asombrosamente buena en todos los sentidos. El pudo muy bien desear quitarse de en medio a su mujer. Y esos americanos son más listos con sus pistolas que nuestra gente. La pistola era de él, ¿sabe?
–¿Se ha averiguado eso claramente?
–Sí, señor. Era de una pareja que tenía él.
–¿Una de una pareja? ¿Dónde está la otra?
–Bueno, ese caballero tenía un montón de armas de fuego de una u otra clase. Nunca hemos encontrado la pareja de esa pistola determinada, pero la caja estaba hecha para dos.
–Si era de una pareja, sin duda debería encontrar la otra.
–Bueno, las tenemos fuera ahí en la casa si usted quiere mirarlas.
–Más tarde, quizá. Creo que bajaremos andando juntos y echaremos una mirada al escenario de la tragedia.
La conversación había tenido lugar en el cuartito delantero de la humilde casa del sargento Coventry, que servía como comisaría local de policía. Un paseo de una media milla a través de un páramo barrido por el viento, todo oro y bronce con los helechos marchitos, nos llevó a una puerta lateral que daba a los terrenos de la finca de Thor Place. Un sendero cruzaba las hermosas tierras, y luego, desde un claro, vimos la casa, anchamente extendida, la mitad de madera, un poco Tudor y un poco georgiana, en lo alto de la colina. A nuestro lado había una extensa laguna rodeada de juncos, estrechada por en medio, donde el camino de coches principal pasaba por un puente de piedra, pero ensanchándose en pequeños lagos a ambos lados. Nuestro guía se detuvo a la entrada del puente, señalando al suelo.
–Ahí es donde yacía el cuerpo de la señora Gibson.

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