La aventura del Puente de Thor (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Lo marqué con esa piedra.
–¿Entiendo que usted llegó aquí antes de que retiraran el cadáver?
–Sí, mandaron a por mí en seguida.
–¿Quién?
–El propio señor Gibson. En el momento en que se dio la alarma y que él salió precipitadamente de la casa con otros, se empeñó en que no movieran nada hasta que llegara la policía.
–Muy sensato. Por los periódicos supe que el disparo fue hecho desde muy cerca.
–Sí, señor, muy cerca.
–¿Cerca de la sien derecha?
–Detrás mismo de ella, señor Holmes.
–¿Cómo estaba tendido el cadáver?
–De espaldas, señor Holmes. No había señales de lucha. Ninguna. No había arma. La breve nota de la señorita Dunbar la llevaba apretada en la mano.
–¿Apretada, dice?
–Sí, señor; apenas pudimos abrirle los dedos.
–Eso es de gran importancia. Eso excluye la idea de que nadie hubiera podido colocarle la nota allí después de su muerte para dar una pista falsa. ¡Válgame Dios! La nota, según recuerdo, era muy corta: «Estaré en el puente de Thor a las nueve. G. Dunbar.» ¿Era así?
–Sí, señor.
–¿Reconoció la señorita Dunbar haberla escrito?
–Sí, señor.
–¿Qué explicación dio?
–Su defensa se reserva para la Audiencia. Ella no quiso decir nada.
–El problema, ciertamente, es interesante. La cuestión de la carta es muy oscura, ¿verdad?
–Bueno, señor Holmes –dijo el guía–, si me permite decirlo así, pareció el único punto realmente claro de todo el caso.
Holmes sacudió la cabeza.
–Admitiendo que la carta sea auténtica y que se escribiera realmente, cierto que se recibió algún tiempo antes, digamos una o dos horas. ¿Por qué, entonces, esa señora seguía llevándola agarrada en la mano izquierda? ¿Por qué la iba a llevar con tanto cuidado? No necesitaba aludir a ella en la entrevista. ¿No parece notable?
–Bueno, señor Holmes, tal como lo dice, quizá sí.
–Creo que me gustaría sentarme tranquilamente unos minutos y pensarlo bien. –Se sentó en el borde de piedra del puente, y vi sus rápidos ojos grises disparando sus ojeadas escrutadoras en todas direcciones.
De repente volvió a ponerse en pie de un salto y corrió hasta la balaustrada de enfrente, sacó la lupa del bolsillo y empezó a examinar la piedra.
–Es curioso –dijo.
–Sí, señor; vimos la mella en el reborde.

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