La aventura del Puente de Thor (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Supongo que lo ha hecho alguien que pasaba por aquí.
La piedra era gris, pero en ese único punto se mostraba blanca por un espacio no mayor que una moneda de seis peniques. Examinando de cerca, se veía que la superficie estaba mellada por un fuerte golpe.
–Costó alguna violencia hacer esto –dijo Holmes pensativo. Con el bastón, golpeó varias veces el reborde sin dejar señal–. Sí, fue un golpe duro. En un sitio curioso, además. No fue desde arriba, sino desde abajo, pues ya ve que estaba en el borde inferior del parapeto.
–Pero está al menos a quince pies del cadáver.
–Sí, está a quince pies del cadáver. Quizá no tenga que ver con el asunto, pero es un punto digno de tener en cuenta. Creo que no tenemos más que averiguar aquí. ¿No había huellas, dice?
–El suelo estaba duro como el hierro, señor Holmes. No había huellas en absoluto.
–Entonces podemos irnos. Subiremos primero a la casa y miraremos esas armas de que habla usted. Luego iremos a Winchester, pues me gustaría ver a la señorita Dunbar antes de seguir adelante.
El señor Neil Gibson no había vuelto de Londres, pero vimos en la casa al neurótico señor Bates, que nos había visitado aquella mañana. Nos mostró con siniestra complacencia el temible arsenal de armas de fuego de diversas formas que su patrono había acumulado en el transcurso de una vida de aventuras.
–El señor Gibson tiene sus enemigos, como esperaría cualquiera que le conozca a él y a sus métodos –dijo–. Duerme con un revólver cargado en el cajón junto a la cama. Es un hombre violento, señor Holmes, y hay momentos en que todos le tenemos miedo. Estoy seguro de que la pobre señora que ha fallecido estuvo aterrorizada muchas veces.
–¿Presenció alguna vez que empleara violencia física contra ella?
–No, no puedo decir eso. Pero he oído palabras que eran casi tan malas, palabras de desprecio frío y cortante, incluso delante de los criados.
–Nuestro millonario no parece brillar en la vida privada –observó Holmes, mientras nos dirigíamos a la estación–. Bueno, Watson, hemos encontrado muchos datos, algunos nuevos, y sin embargo me parece que estoy lejos de una conclusión. A pesar del evidente odio del señor Bates hacia su jefe, deduzco por él que cuando se dio la alarma, él estaba sin duda en su biblioteca.

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