La aventura del Puente de Thor (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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La cena había acabado a las ocho y media y todo estaba normal hasta entonces. Es verdad que la alarma se dio un poco tarde, ya entrada la noche, pero la tragedia sin duda ocurrió alrededor de la hora indicada en la nota. No hay ninguna prueba de que el señor Gibson hubiera salido de la casa desde que volvió de Londres a las cinco. Por otro lado, la señorita Dunbar, según tengo entendido, reconoce que había dado cita a la señora Gibson en el puente. Aparte de eso, no quiere decir nada, ya que su abogado le ha aconsejado que se reserve su defensa. Tenemos varias preguntas fundamentales que hacer a esa señorita, y mi ánimo no estará en paz mientras no la veamos. Tengo que confesar que el caso me parecería muy negro contra ella si no fuera por una sola cosa.
–¿Cuál es, Holmes?
–El hallazgo de la pistola en su guardarropa.
–¡Caramba, Holmes! –exclamé–, ése me parecía el detalle más condenatorio de todos.
–No es así, Watson. Me había llamado la atención, incluso la primera vez que lo leí por encima, como algo muy extraño, y ahora que estoy más en contacto con el caso, es mi única base firme de esperanza. Tenemos que buscar coherencia. Donde falta, debemos sospechar engaño.
–Apenas le sigo.
–Bueno, vamos, Watson, imaginemos por un momento que es usted una mujer que, de un modo frío y premeditado, va a liberarse de una rival. Usted lo ha planeado. Hay escrita una nota. Usted tiene su arma. El crimen ha sido llevado a cabo. Ha sido eficaz y completo. ¿Me va a decir que después de llevar a cabo un crimen tan hábil echaría a perder su reputación olvidando tirar el arma en una de esas matas de juncos que la cubrirían para siempre, y que por fuerza tiene que llevársela a casa cuidadosamente y colocarla en su propio guardarropa, el primerísimo lugar que registrarían? Ni sus mejores amigos le llamarían astuto, Watson, y sin embargo, no le puedo imaginar haciendo algo tan torpe como eso.
–En la excitación del momento…
–No, Watson, no voy a admitir que eso sea posible. Cuando se premedita fríamente un crimen, los medios de ocultarlo también están fríamente premeditados. Espero, por tanto, que estemos en presencia de un serio error.
–Pero hay mucho que explicar.
–Bueno, nos dedicaremos a explicarlo.

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