La aventura del Puente de Thor (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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De repente, sin embargo, cuando nos acercábamos a nuestro destino, se sentó enfrente de mí –teníamos un vagón de primera para nosotros solos– y poniéndome una mano en cada rodilla me miró a los ojos con la mirada peculiarmente maligna que era característica de su humor más travieso.
–Watson –dijo–, creo recordar que usted va armado en estas excursiones nuestras.
Le parecía muy conveniente que lo hiciera, pues él se cuidaba muy poco de su propia seguridad cuando su mente estaba absorbida en un problema, así que más de una vez mi revólver había sido un buen amigo en la necesidad. Se lo recordé así.
–Sí, sí, yo soy un poco distraído en esos asuntos. Pero ¿lleva el revólver encima?
Lo saqué de mi bolsillo lateral, un arma pequeña, corta, cómoda, pero muy útil. El soltó el cierre, sacó los cartuchos y lo examinó con cuidado.
–Es pesado, notablemente pesado –dijo.
–Sí, es una pieza bastante sólida.
Caviló sobre ella unos momentos.
–Sabe, Watson –dijo–, creo que su revólver va a tener una relación muy estrecha con el misterio que estamos investigando.
–Mi querido Holmes, está bromeando.
–No, Watson, hablo en serio. Tenemos una prueba por delante. Si las prueba sale bien, todo estará claro, y la prueba dependerá de la conducta de esta pequeña arma. Un cartucho fuera. Ahora volveremos a poner los otros cinco y echaremos el seguro. ¡Así! Eso aumenta el peso y lo convierte en una reproducción mejor.
No tenía yo idea de lo que había en su mente ni él me iluminó, sino que siguió perdido en sus pensamientos hasta que paramos en la pequeña estación de Hampshire. Obtuvimos un destartalado cochecillo, y en un cuarto de hora estábamos en casa de nuestro amigo confidencial, el sargento.
–¿Una pista, señor Holmes? ¿Cuál es?
–Todo depende del funcionamiento del revólver del doctor Watson –dijo mi amigo–. Aquí está. Bueno, sargento, ¿puede darme diez yardas de cuerda?
La tienda del pueblo nos proporcionó un ovillo de fuerte guita.
–Creo que esto es lo único que necesitamos –dijo Holmes–. Ahora, si les parece bien, emprenderemos lo que espero que sea la última etapa de nuestro viaje.
El sol se ponía, convirtiendo el ondulado páramo de Hampshire en un prodigioso panorama otoñal. El sargento, con miradas críticas e incrédulas, que evidenciaban sus profundas dudas sobre la cordura de mi acompañante, iba remoloneando a nuestro lado.

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