La aventura del tres cuartos desaparecido (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Godfrey no se llevaba muy bien con el viejo, y no iría a verlo si pudiera evitarlo.
-Bien, eso lo aclararemos pronto. Pero aun suponiendo que fuera a ver a su pariente lord Mount-James, todavía tiene usted que explicar la visita de ese individuo patibulario a una hora tan intempestiva y la agitación que provocó su llegada.
Cyril Overton se apretó la cabeza con las manos.
-¡No se me ocurre ninguna explicación! -exclamó.
-Bien, bien, tengo el día libre y será un placer echarle un vistazo al asunto -dijo Holmes-. Le recomiendo encarecidamente que haga usted sus preparativos para el partido sin contar con este joven caballero. Como usted bien dice, tiene que haber surgido una necesidad ineludible para que se marchara de esa forma, y lo más probable es que esa misma necesidad lo man­tenga alejado. Vamos a acercarnos juntos al hotel y veremos si el portero puede arrojar alguna luz sobre el asunto.
Sherlock Holmes era un maestro consumado en el arte de conseguir que un testigo humilde se sintiera cómodo, y tardó muy poco, en la intimidad de la habitación abandonada de Godfrey Staunton, en sacarle al portero todo lo que éste tenía que decir. El visitante de la noche anterior no era un caballero, y tampoco un trabajador. Era, sencillamente, lo que el portero describía como «un tipo vulgar»; un hombre de unos cincuenta años, barba entrecana y rostro pálido, vestido con discreción. También él parecía nervioso; el portero había observado que le temblaba la mano cuando entregó la carta. Godfrey Staunton se había guardado la carta en el bolsillo. No le había dado la mano al hombre al encontrarlo en el vestíbulo. Habían intercambiado unas pocas frases, de las que el portero sólo llegó a distinguir la palabra «tiempo». Luego se habían marchado a toda prisa, de la manera ya descrita. Eran exactamente las diez y media en el reloj del vestíbulo.
-Vamos a ver -dijo Holmes, sentándose en la cama de Staunton-. Usted es el portero de día, ¿no es así?
-Sí, señor; acabo mi turno a las once.
-Supongo que el portero de noche no vería nada.
-No, señor; de madrugada llegó un grupo que venía del teatro, pero nadie más.
-¿Estuvo usted de servicio todo el día de ayer?
-Sí, señor.
-¿Llevó usted algún mensaje al señor Staunton?
-Sí, señor; un telegrama.

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