La aventura del tres cuartos desaparecido (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Mientras tanto, señor detective, no escatime esfuerzos. Le ruego que no deje piedra ! sin remover para recuperarlo sano y salvo. En cuanto a dinero, bueno, siempre puede recurrir a mí, mientras no pase de á cinco o, todo lo más, diez libras.
Ni aun después de verse obligado a adoptar esta humilde actitud pudo el avariento aristócrata proporcionarnos alguna información útil, ya que sabía muy poco de la vida privada de su sobrino. Nuestra única pista era el fragmento de telegrama, y Holmes, llevando una copia del mismo en la mano, se puso en marcha dispuesto a encontrar un segundo eslabón para su cadena. Nos habíamos quitado de encima a lord Mount-James, y Overton había ido a discutir con los demás miembros de su equipo la desgracia que les había sobrevenido. A poca distancia del hotel había una oficina de telégrafos. Nos detuvimos a la puerta.
-Vale la pena intentarlo, Watson -dijo Holmes-. Claro que con una orden judicial podríamos exigir ver los resguardos, pero aún no hemos llegado a esos niveles. No creo que se acuerden de las caras en un sitio tan concurrido. Vamos a arriesgarnos.
Se dirigió a la joven situada tras la ventanilla y habló con su tono más dulzón.
-Perdone que la moleste. Ha debido haber algún error en un telegrama que envié ayer. No he recibido respuesta, y mucho me temo que se me olvidara poner mi nombre al final. ¿Podría usted confiarme si fue así?
La muchacha echó mano a una pila de impresos.
-¿A qué hora lo puso?
-Poco después de las seis.
-¿A quién iba dirigido?
Holmes se llevó un dedo a los labios y me lanzó una mirada.
-Las últimas palabras eran «por amor de Dios» -susurró en tono confidencial-. Me tiene muy angustiado el no recibir contestación.
La joven separó uno de los impresos.
-Aquí está. No lleva firma -dijo, alisándolo sobre el mostrador.
-Claro, eso explica que no me hayan respondido -dijo Holmes-. ¡Qué estúpido he sido! Buenos días, señorita, y muchas gracias por haberme quitado esa preocupación.
En cuanto estuvimos de nuevo en la calle, Holmes se echó a reír por lo bajo y se frotó las manos.
-¿Y bien? -pregunté yo.
-Vamos progresando, querido Watson, vamos progresando. Tenía siete planes diferentes para echarle el ojo a ese telegrama, pero no esperaba tener éxito a la primera.

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