La aventura del tres cuartos desaparecido (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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-¿Qué pasa con él?
-Usted lo conoce, ¿no es verdad?
-Es íntimo amigo mío.
-¿Sabe usted que ha desaparecido?
-¿Ah, sí? -las ásperas facciones del doctor no mostraron ningún cambio de expresión.
-Salió anoche de su hotel y no se ha vuelto a saber de él.
-Ya regresará, estoy seguro.
-Mañana es el partido de rugby entre las universidades.
-No siento el menor interés por esos juegos infantiles. Me interesa, v mucho, el futuro del joven, porque lo conozco y lo aprecio. Él partido de rugby no entra para nada en mis hori­zontes.
-En tal caso, apelo a su interés por el joven. ¿Sabe usted dónde está?
-Desde luego que no.
-¿No lo ha visto desde ayer?
-No; no le he visto.
-¿Era el señor Staunton una persona sana? -Absolutamente sana.
-¿No le ha visto nunca enfermo?
-Nunca.
Holmes plantó ante los ojos del doctor una hoja de papel.
-Entonces, tal vez pueda usted explicarme esta factura de trece guineas, pagada el mes pasado por el señor Godfrey Staunton al doctor Leslie Armstrong, de Cambridge. La encontré entre los papeles que había encima de la mesa.
El doctor se puso rojo de ira.
-No veo ninguna razón para que tenga que darle explicaciones a usted, señor Holmes.
Holmes volvió a guardar la factura en su cuaderno de notas.
-Si prefiere una explicación pública, tendrá que darla tarde o temprano -dijo-. Ya le he dicho que yo puedo silenciar lo que otros no tienen más remedio que hacer público, y obraría usted más prudentemente confiándose a mí.
-No sé nada del asunto.
-¿Tuvo alguna noticia del señor Staunton desde Londres?
-Desde luego que no.
-¡Ay, Señor! ¡Ay, Señor! ¡Ese servicio de Telégrafos! -suspiró Holmes con aire cansado-. Ayer, a las seis y cuarto de la tarde, el señor Godfrey Staunton le envió a usted desde Londres un telegrama sumamente urgente..., un telegrama que, sin duda alguna, está relacionado con su desaparición..., y usted no lo ha recibido. Es una vergüenza. Voy a tener que pasarme por la oficina local y presentar una reclamación.
El doctor Leslie Armstrong se puso en pie de un salto, con su enorme rostro rojo de rabia.
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-Tengo que pedirle que salga de mi casa, señor -dijo-.

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